Triduo a San Agustín: Solo quien ama conoce a Dios

En el cierre de nuestro triduo, llegamos a la cumbre de la espiritualidad agustiniana: el misterio del Amor o la Caridad. San Agustín comprendió profundamente que Dios no es una abstracción lejana, sino una realidad viva y cercana que se revela en el amor sincero al prójimo. Hoy contemplamos cómo la caridad es el verdadero rostro de Dios en el mundo y el camino concreto para verle y hospedarle en nuestro interior, transformando nuestras relaciones humanas en el verdadero templo donde habita su presencia divina.

Oración inicial

“¡Dios bueno!, ¿qué es lo que pasa en el hombre para que se alegre más
de la salud de un alma desahuciada y salvada del mayor peligro que si siempre hubiera ofrecido esperanzas
o no hubiera sido tanto el peligro? También tú, Padre misericordioso, 
te gozas más de un penitente que de noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia;
y nosotros oímos con grande alegría el relato de la oveja descarriada, que es devuelta al redil
en los alegres hombros del Buen Pastor, y el de la dracma, que es repuesta en tus tesoros
después de los parabienes de las vecinas a la mujer que la halló.
Y lágrimas arranca de nuestros ojos el júbilo de la solemnidad de tu casa 
cuando se lee en ella de tu hijo menor que era muerto y revivió, había perecido y fue hallado.
Y es que tú te gozas en nosotros y en tus ángeles, santos por la santa caridad,
pues tú eres siempre el mismo, por conocer del mismo modo
y siempre las cosas que no son siempre ni del mismo modo”
(Confesiones 8, 3, 6).


Lectura bíblica

«Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados. Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud». 

Referencia a San Agustín

“Hay una visión adecuada a este tiempo y habrá otra al venidero. La visión actual se da por medio de la fe; la futura, por la realidad. Ahora, si creemos, vemos; si amamos, vemos. ¿Qué vemos? A Dios. ¿En dónde está Dios? Pregunta a San Juan. Dios es caridad. Bendigamos su santo nombre; y nos gozaremos en Dios si nos gozamos en la caridad. ¿A qué enviamos lejos, para ver a Dios, al que tiene caridad? Dirija la mirada a su conciencia, y allí verá a Dios. Si no tiene caridad, Dios no mora allí; si mora en él la caridad, también habita Dios en él. Quiere quizá verle sentado en el cielo; tenga caridad, y en él habitará como en el cielo” (Comentario al salmo 149, 4).

“Tienes otra cosa en qué pensar si quieres ver a Dios. Dios es amor. ¿Qué rostro tiene el amor? ¿Qué forma, qué estatura, qué pies, qué manos tiene? Nadie lo puede decir. Y, sin embargo, tiene pies, pues son ellos los que conducen a la Iglesia; tiene manos, pues son ellas las que dan al pobre; tiene ojos, pues con ellos se mira por el necesitado. Dichoso, dice, el que mira por el necesitado y el pobre. Tiene oídos, refiriéndose a los cuales dice el Señor: Quien tenga oídos para oír que oiga. No son miembros diversificados espacialmente; no, el que tiene caridad, lo ve todo y a la vez con la inteligencia. Habita en ella y ella habitará en ti; permanece en ella y ella permanecerá en ti” (1 Juan 7, 10).

Reflexión

Jesús, y esto es revolucionario, ha abierto a los hombres otro camino de acceso a Dios, diverso de lo sagrado del templo, el camino profano, si así podemos hablar, de la relación con el prójimo. Tal vez también sea camino sagrado, pero de otra forma, con otro signo, distinto de lo que tradicionalmente entendemos por el término. Y esto es verdaderamente grandioso. No sé si es muy ortodoxo, pero es como si Dios se hubiese trasladado del templo al hermano, de la gloria del templo al amor del hombre. El hombre, el hermano es el templo de Dios. Esto lo ha entendido Agustín y ha propuesto como centro de su vida y de la nuestra la comunidad que se construye en el amor al hermano y en la comunión de vida.

Este amor consiste en entregar la vida como Dios mismo la entregó. ¿Qué es eso de entregar la vida? Es donarse, darse, entregarse, estar dispuestos y disponibles siempre. Se nos invita a donar la propia vida. No quiere decir que esto sea fácil. La comunión con Dios se realiza también en la comunión entre nosotros, porque Dios es amor. Amar, amor y derivados salen a la luz y van como posándose sobre cada realidad para darlas sentido y profundidad. Todo aquí ahora confluye en el amor caritativo o desinteresado.

“No con conciencia dudosa, sino cierta, yo te amo, Señor. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Mas también el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene he aquí que me dicen de todas partes que te ame; ni cesan de decírselo a todos, a fin de que sean inexcusables. Sin embargo, tú te compadecerás más altamente de quien te compadecieres y prestarás más tu misericordia con quien fueses misericordioso: de otro modo, el cielo y la tierra cantarían tus alabanzas a sordos. Y ¿qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas, no manás ni mieles, no miembros atrayentes a las caricias de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo una especie de luz, de voz, y de fragancia y de alimento y de caricia, cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, alimento y caricia del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que el espacio no contiene; resuena lo que no arrebata consigo el tiempo; exhala sus perfumes lo que no se lleva el viento; saborea lo que no se consume comiendo, y donde la unión es tan firme que no la disuelve el hastío. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios” (Confesiones 10, 6, 8).


Oración final

“¿Quién me dará descansar en ti? ¿Quién me dará que vengas a mi corazón y le embriagues,
para que olvide mis maldades y me abrace contigo, único bien mío?
¿Qué es lo que eres para mí? Apiádate de mí para que te lo pueda decir.
¿Y qué soy yo para ti para que me mandes que te ame y si no lo hago te aíres contra mí y me amenaces con ingentes miserias? 
¿Acaso es ya pequeña la misma de no amarte?”
(Confesiones 1, 5, 5).

P. Santiago Sierra, OSA

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