En este segundo día de nuestro triduo, San Agustín nos invita a descubrir el sentido profundo de la alabanza. Alabar a Dios no es simplemente entonar cantos hermosos dentro del templo, sino hacer de nuestra propia existencia un himno ininterrumpido. En un mundo lleno de ruidos y distracciones cotidianas, el obispo de Hipona nos enseña cómo nuestra voz, nuestra conciencia y nuestras obras diarias pueden unirse en una perfecta armonía que agrada al oído del Creador, convirtiendo cada jornada en un canto de peregrinos que anhelan su Patria celestial.

Oración inicial
“¡Dios bueno!, ¿qué es lo que pasa en el hombre para que se alegre más
de la salud de un alma desahuciada y salvada del mayor peligro que si siempre hubiera ofrecido esperanzas
o no hubiera sido tanto el peligro? También tú, Padre misericordioso,
te gozas más de un penitente que de noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia;
y nosotros oímos con grande alegría el relato de la oveja descarriada, que es devuelta al redil
en los alegres hombros del Buen Pastor, y el de la dracma, que es repuesta en tus tesoros
después de los parabienes de las vecinas a la mujer que la halló.
Y lágrimas arranca de nuestros ojos el júbilo de la solemnidad de tu casa
cuando se lee en ella de tu hijo menor que era muerto y revivió, había perecido y fue hallado.
Y es que tú te gozas en nosotros y en tus ángeles, santos por la santa caridad,
pues tú eres siempre el mismo, por conocer del mismo modo
y siempre las cosas que no son siempre ni del mismo modo”
(Confesiones 8, 3, 6).
Lectura bíblica
Salmo 146
Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel;
él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre.
Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados.
Entonad la acción de gracias al Señor,
tocad la cítara para nuestro Dios,
que cubre el cielo de nubes,
preparando la lluvia para la tierra;
que hace brotar hierba en los montes,
para los que sirven al hombre;
que da su alimento al ganado
y a las crías de cuervo que graznan.
No aprecia el vigor de los caballos,
no estima los jarretes del hombre:
el Señor aprecia a sus fieles,
que confían en su misericordia.
Referencia a San Agustín
“Puede resonar alternativamente el clamor de nuestras voces, según la oportunidad; pero debe ser permanente el de nuestra interioridad. Cuando te reúnes en la Iglesia para recitar un himno, suena tu voz alabando al Señor. Has hecho resonar tu voz cuanto has podido. Luego te has alejado. Pero en tu alma deben seguir resonando las alabanzas del Señor. ¿Estás ocupado? Que tu alma alabe a Dios. Quizá estés comiendo. Mira lo que dice el Apóstol: Sea que comáis, o que bebáis… hacedlo todo para gloria de Dios. Me atrevo a decir: Cuando duermes, que tu alma bendiga al Señor” (Comentario al salmo 102, 2).
“Pero alabad, por lo que toca a vosotros, íntegramente; es decir, no sólo alabe a Dios la lengua y la voz, sino también vuestra conciencia, vuestra vida y vuestros hechos. En efecto, ahora alabamos cuando nos hallamos congregados en la iglesia; pero, cuando cada uno va a su casa, parece que deja de alabar a Dios. No deje de vivir bien, y siempre alabará al Señor. Dejas de alabar a Dios cuando te apartas de la justicia y de aquello que a Él le agrada. Pero, si no te apartas jamás de la vida buena, aunque calle tu lengua, vocea tu vida, y el oído de Dios está atento a tu corazón” (Comentario al salmo 148, 2).
Reflexión
Ciertamente ahora no gozamos plenamente, sino en esperanza, pero también en la esperanza hay alegría y satisfacción, no es la plenitud de la alabanza, pero no está sin gozo. En la Patria solo alabaremos, pero como ahora no nos ejercitemos, no sabremos hacerlo después, porque la de ahora es como un entrenamiento para aquella, por lo cual también ahora es el momento apropiado de la alabanza. La alabanza de ahora es cántico del viajero, del peregrino, del que aspira a la Patria. La alabanza de los bienaventurados será continuación de la alabanza de ahora.
La alabanza del corazón va acompañada siempre de la alabanza de las buenas obras, que son las que nacen del amor. El cántico nuevo es el canto del amor. Pero es un canto que se canta con la vida más que con la voz. La misma vida del cristiano, toda ella, debe de ser alabanza a Dios. Esta alabanza continua en el tiempo y en la vida del ser humano es una realidad y no solo un deseo de futuro. Lo cierto es que el canto de alabanza no lo canta solo la voz, sino también las buenas obras que cantan la alabanza de forma nueva, aunque mejor sería decir que la voz y las obras tienen que coincidir en el cántico nuevo, en el cántico de alabanza.
“Dame, Señor, a conocer y entender qué es primero, si invocarte o alabarte, o si es antes conocerte que invocarte. Mas ¿quién habrá que te invoque si antes no te conoce? Porque, no conociéndote, fácilmente podrá invocar una cosa por otra. ¿Acaso, más bien, no habrás de ser invocado para ser conocido? Pero ¿y cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán si no se les predica? Ciertamente, alabarán al Señor los que le buscan, porque los que le buscan le hallan y los que le hallan le alabarán. Que yo, Señor, te busque invocándote y te invoque creyendo en ti, pues me has sido predicado. Te invoca, Señor, mi fe, la fe que tú me diste e inspiraste por la humanidad de tu Hijo y el ministerio de tu mensajero” (Confesiones 1, 1, 1).
Oración final
“¿Quién me dará descansar en ti? ¿Quién me dará que vengas a mi corazón y le embriagues,
para que olvide mis maldades y me abrace contigo, único bien mío?
¿Qué es lo que eres para mí? Apiádate de mí para que te lo pueda decir.
¿Y qué soy yo para ti para que me mandes que te ame y si no lo hago te aíres contra mí y me amenaces con ingentes miserias?
¿Acaso es ya pequeña la misma de no amarte?”
(Confesiones 1, 5, 5).
P. Santiago Sierra, OSA
