QUIÉNES SOMOS

Religiosos ilustres

Francisco Blanco

Tuvo lugar su nacimiento en la ciudad de Astorga (León) el día 3 de diciembre de 1864. Educado en la escuela de su padre, que ejercía el Magisterio, aprendió las primeras letras, en cuyo estudio demostró gran precocidad y talento, y dejaba traslucir singulares aptitudes, tanto morales como intelectuales de su vocación, por lo que ingresó, muy joven aún, en el Seminario de su ciudad natal.

Con motivo de recibir una visita de los PP. Tirso López y Rufino Redondo, sintiéndose inclinado a la vida religiosa, se vino con ellos a Valladolid, donde vistió el hábito por devoción. Por sus talentos, por su aplicación, por su actividad, que no le permitían estar un momento desocupado, comenzó el estudio de la Filosofía antes de su ingreso en el noviciado, con agrado de todos y vivas satisfacciones.

Cuando tuvo la edad reglamentaria tomó el hábito, y al año profesó de votos simples, el día 8 de diciembre de 1880, y terminó el segundo de Filosofía con las más altas calificaciones. Concluida su carrera eclesiástica, comenzó la de Filosofía y Letras, habiendo obtenido en muy pocos años la Licenciatura por la Universidad Central de Madrid.

En julio de 1888 se trasladó al Colegio de Alfonso XII. Su actuación, como profesor, primero en Alfonso XII, y en la Universidad de María Cristina después, donde explicó las clases de Literatura, fue lucidísima y sumamente provechosa para sus discípulos. El 25 de julio de 1903 recibió el título de Maestro en Sagrada Teología.

Minada su salud, tanto por su naturaleza, de suyo enfermiza y débil, cuanto por sus ocupaciones, tuvo que suspender toda labor intelectual. Después de recorrer varios lugares de España sin notar mejoría, se decidió, como último remedio, enviarle a la ciudad de Jauja, en el Perú, donde estuvo dos años, siempre con fundadas esperanzas y lleno de optimismo de volver en breve tiempo curado a España, con nuevas fuerzas, para reanudar sus tareas literarias. La enfermedad seguía su curso y por la complicación de una grave pulmonía, su naturaleza, murió el día 30 de noviembre de 1903.

Dejó gratísima memoria de sus facultades intelectuales, de su privilegiada inteligencia, de su labor inmensa y valiosísima como crítico y escritor. Su obra inmortal, la Historia de la Literatura española en el siglo XIX, le reveló como crítico de elevadísimos vuelos y hombre de cultura sólida.

Prescindiendo de los méritos que tiene como crítico literario y como escritor, su biografía moral, como afirma Valera, puede sintetizarse en esta frase: Vivió como bueno y murió como un santo.