Triduo a San Agustín: El despertar del corazón

Comenzamos nuestro triduo en vísperas de la fiesta de San Agustín adentrándonos en el misterio de la conversión. En este primer día, contemplamos cómo el paso de las tinieblas a la luz no es una simple decisión moral, sino el tierno e irresistible encuentro del alma con el amor de Dios, que rompe nuestras cadenas y transforma nuestro llanto en un gozo profundo. Acompañemos a Agustín en este despertar de la conciencia, donde la gracia divina toma la iniciativa para devolvernos la verdadera libertad.

Oración inicial

“¡Dios bueno!, ¿qué es lo que pasa en el hombre para que se alegre más
de la salud de un alma desahuciada y salvada del mayor peligro que si siempre hubiera ofrecido esperanzas
o no hubiera sido tanto el peligro? También tú, Padre misericordioso, 
te gozas más de un penitente que de noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia;
y nosotros oímos con grande alegría el relato de la oveja descarriada, que es devuelta al redil
en los alegres hombros del Buen Pastor, y el de la dracma, que es repuesta en tus tesoros
después de los parabienes de las vecinas a la mujer que la halló.
Y lágrimas arranca de nuestros ojos el júbilo de la solemnidad de tu casa 
cuando se lee en ella de tu hijo menor que era muerto y revivió, había perecido y fue hallado.
Y es que tú te gozas en nosotros y en tus ángeles, santos por la santa caridad,
pues tú eres siempre el mismo, por conocer del mismo modo
y siempre las cosas que no son siempre ni del mismo modo”
(Confesiones 8, 3, 6).


Lectura bíblica

De la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos (Rom 13, 11-14):
“Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no deis pábulo a la carne siguiendo sus deseos.»

Referencia a San Agustín

“¡Oh Señor!, siervo tuyo soy e hijo de tu sierva. Rompiste mis ataduras, yo te ofreceré un sacrificio de alabanza. Que te alabe mi corazón y mi lengua y que todos mis huesos digan: Señor, ¿quién semejante a ti? Que lo digan, y que tú respondas y digas a mi alma: Yo soy tu salvación. ¿Quién fui yo y qué tal fui? ¡Qué no hubo de malo en mis obras, o si no en mis obras, en mis palabras, o si no en mis palabras, en mis deseos! Pero tú, Señor, te mostraste bueno y misericordioso, poniendo los ojos en la profundidad de mi muerte y agotando con tu diestra el abismo de corrupción del fondo de mi alma. Todo ello consistía en no querer lo que yo quería y en querer lo que tú querías. Pero ¿dónde estaba durante aquellos años mi libre albedrío y de qué bajo y profundo arcano no fue en un momento evocado para que yo sujetase la cerviz a tu yugo suave y el hombro a tu carga ligera, ¡oh Cristo Jesús!, ayudador mío y redentor mío? ¡Oh, qué dulce fue para mí carecer de repente de las dulzuras de aquellas bagatelas, las cuales cuanto temía entonces perderlas, tanto gustaba ahora de dejarlas! Porque tú las arrojabas de mí, ¡oh verdadera y sana dulzura!, tú las arrojabas, y en su lugar entrabas tú, más dulce que todo deleite, aunque no a la carne y a la sangre; más claro que toda luz, pero al mismo tiempo más interior que todo secreto; más sublime que todos los honores, aunque no para los que se subliman sobre sí. Libre estaba ya mi alma de los devoradores cuidados del ambicionar, adquirir y revolcarse en el cieno de los placeres y rascarse la sarna de sus apetitos carnales, y hablaba mucho ante ti, ¡oh Dios y Señor mío!, claridad mía, riqueza mía y mi salvación». (Confesiones 9,1,1).

“Porque de tal modo me convertiste a ti que ya no apetecía esposa ni abrigaba esperanza alguna de este mundo, estando ya en aquella regla de fe sobre la que hacía tantos años me habías mostrado a mi madre. Y así convertiste su llanto en gozo, mucho más fecundo de lo que ella había apetecido y mucho más caro y casto que el que podía esperar de los nietos que le diera mi carne”. (Confesiones 8, 12, 30)

Reflexión

La calidad de vida de Agustín, su modernidad, su potencia espiritual, su grandeza de pensamiento…, hacen de su conversión el modelo y ejemplo de toda conversión. Él apuró hasta los posos el cáliz amargo del alejamiento de Dios. Su conversión y la nuestra no se puede entender sin una intervención de Dios, porque es obra fundamentalmente suya. La conversión es un volver a Dios, un cambiar de vida cambiando los deseos. Convertirse es reconciliarse con la voluntad de Dios y el hombre ha de dedicarse a buscar a Dios porque Él es el protagonista fundamental de toda conversión. Es Dios quien nos convierte, el que nos muestra su rostro y nos salva. Dios convierte, no obstante, al que quiere convertirse.

La conversión aparece como un gozo nuevo, como la experiencia de una presencia de Dios, como una gracia suave y agradable. Después de la conversión el amor aparece como la pasión central, que lo gobierna todo, de ahí que podamos decir que la conversión es un amor que ha hallado su centro, que es Dios. En el fondo toda conversión y toda la vida del hombre es la lucha entre dos amores y el triunfo final del amor de Dios. Después de la conversión el amor aparece como la pasión central, que lo gobierna todo, de ahí que podamos decir que la conversión es un amor que ha hallado su centro, que es Dios.

“¡Oh Señor!, siervo tuyo soy e hijo de tu sierva. Rompiste mis ataduras, yo te ofreceré un sacrificio de alabanza. Que te alabe mi corazón y mi lengua y que todos mis huesos digan: Señor, ¿quién semejante a ti? Que lo digan, y que tú respondas y digas a mi alma: Yo soy tu salvación” (Confesiones 9, 1, 1).


Oración final


“¿Quién me dará descansar en ti? ¿Quién me dará que vengas a mi corazón y le embriagues,
para que olvide mis maldades y me abrace contigo, único bien mío?
¿Qué es lo que eres para mí? Apiádate de mí para que te lo pueda decir.
¿Y qué soy yo para ti para que me mandes que te ame y si no lo hago te aíres contra mí y me amenaces con ingentes miserias? 
¿Acaso es ya pequeña la misma de no amarte?”
(Confesiones 1, 5, 5).

P. Santiago Sierra, OSA

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