Cuatro días que cambiaron la Historia: Jueves Santo

Jueves Santo, Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Resurrección son cuatro días que cambiaron la Historia.

Jueves Santo, Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Resurrección son cuatro días que cambiaron la Historia y que cada año los cristianos celebramos para recordar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Con la reflexión del Jueves Santo, de la religiosa agustina Sor María de la Eucaristía Figueroa Serra, comienza este ciclo de artículos, que pretenden ser una ayuda para vivir el Triduo Santo.

“Os doy un mandato nuevo” Jn 14

Y la autoridad amorosa del Maestro resonó más allá de la estancia última del Cenáculo. Era el gran Mandato que sostendría para siempre la nueva ley, la nueva Alianza y la nueva Profecía de Aquel de quien San Agustín dijo: “El Señor creó un hombre nuevo con el mandamiento nuevo” (Serm. 350). 

En su cumplimiento todos conocerían ya a los nuevos discípulos de ese nuevo Reino, “porque el Señor, en palabras también de Agustín, vino para renovarnos a nosotros y nos hizo hombres nuevos, y nos prometió una herencia nueva y, además, eterna” (Serm. 350A).

Fue el momento de la gran escucha: “Ardientemente he deseado comer con vosotros esta Pascua antes de padecer” (Lc 22, 15). Escuchadme, compartid mi oración, mi súplica, mis sentimientos en esta hora de la verdad, de mi Verdad y, también, de la vuestra…

Y fue, como si en el corazón de aquellos hombres, estremecidos por el asombro más sobrecogedor, saltaran las compuertas de un torrente de vida desbordante. Él, el Maestro, les abría el alma definitivamente, les daba su testamento, antes de que, en su persona, se cumplieran aquellas Escrituras tantas veces leídas y oradas.

¡Qué vivo se hacía cada Pascua el recuerdo de las maravillas de Dios acompañando a su pueblo por el desierto hacia su liberación!

¡Qué fuerte resonaba en sus corazones la teofanía de la entrega de aquellos mandamientos como dones de su Alianza!

Mandamientos

Pero, ¿acaso fueron diez los mandamientos? ¿No se resumían en dos?

Jesús no había venido a abolir ni una sola tilde de ellos sino a darlos plenitud. Y aquella tarde, con su alma abierta, iba a resumirlos dándoles su definición última: “Os doy un mandato nuevo… En esto conocerán que…” (Jn 13, 34-35)

Dios Padre, Amor, solo pudo hablar de amor. Dios Hijo, Amor, solo podía hablar de amor y, hecho hermano de todos, solo podía tratar con ellos de amor: un amor puro, o arrepentido, un amor suplicante o agradecido, un amor necesitado o glorificador.

Hijo de Dios e Hijo del Hombre, llamado Jesús, se sentaba para siempre en la mesa del amor a celebrar su última Pesaj, cena de la antigua Pascua judía, que dará paso a la Cena cristiana, donde Él será sacerdote oferente y cordero ofrecido.

En aquel Cenáculo de Amor se escuchan las oraciones de bendición, de acción de gracias y la oración sacrificial de alabanza, recordando la acción de Dios sobre su pueblo, que traía al hoy el pasado de una alianza a punto de extinguirse, pero ya comenzaba un nuevo presente para un nuevo futuro. ¡El mundo, sin saberlo, recibía, en aquel pequeño grupo de amigos, la nueva alianza de un pan nuevo y un vino nuevo!

Había llegado la hora y el Maestro iba a darles la lección definitiva: el amor que se ofrece, el amor que se entrega: “Esto es mi Cuerpo…” (Mt 26, 27)

¿Era preciso este paso sacrificial? Solo el amor podía tener la respuesta.

Por eso resonaba en aquella sagrada estancia: “Os doy un mandato nuevo, que os améis mutuamente como Yo os he amado…” (Jn 13, 34-35).  Y recordad siempre: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por los amigos”. (Jn 15, 13)

Y lo enseñaba con sus palabras, con sus gestos y lo rubricaría con su propia sangre: ¡Palabras de amor, gestos de amor, hechos de amor!

Y junto a esas palabras-mandato a sus apóstoles, aquellas otras palabras-súplica a su Padre: “Padre, que todos sean uno como Tú y Yo somos uno” (Jn 17, 21).

Amor, unidad, comunión

La secuencia estaba marcada: por el amor a la unidad, por ambos a la comunión.

La Trinidad ponía en los labios y en la vida del Hijo del Hombre su propia  experiencia: el amor que une y la unidad que integra. Así, llegar a la comunión es llegar a la plenitud del amor.

Jesús ora por la humanidad: para que llegue a la unidad.
Jesús se hace pan y vino para que viva la comunión.
Jesús se entrega en la cruz para que sea redimida por Él.

¡¡¡Semana Santa: secuencia del amor que une al Amor!!! En ella podemos vivir más intensamente el “In illo uno unum”, lema de nuestro querido Papa León XIV, que nos recuerda esa fuerza comunional del amor de Cristo.

Vivamos esa secuencia recordando cada palabra, cada gesto y cada hecho del Amor, llamado Jesús, que, vivo en la Liturgia Eucarística, “se entrega por nosotros y por muchos para el perdón de nuestros pecados”. Ese Jesús que pide para nosotros antes de padecer que seamos uno, y nos ofrece la fórmula para conseguirlo: “Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros. Que, como Yo os he amado, así también os améis unos a otros”. (Jn 13, 34)

Cada paso de la Pasión de Cristo es una enseñanza viva de las dos cláusulas más importantes de su testamento: amor y unidad.

“Tomad y comed”, no os vayáis de mi mesa.
Llamadme Eucaristía,
llamadme Amor,
llamadme Pan de Vida.
Venid, sentaos a mi mesa,
compartid mi Palabra y mi comida.
Yo soy, quedaos,
que es rico el alimento,
que contiene de Dios su Cuerpo
y Palabra de vida.
Cenáculo de amor
ya no es solo la sala, la de arriba;
ya todo corazón  puede ser un Cenáculo
donde se parta y se reparta
el milagro mayor
de un Dios para su criatura:
¡Jueves Santo de amor,
Jueves Santo de vida!
¡Qué luminosa luz irradió aquella tarde
cuántos rayos de amor hoy siguen vivos:
adoración, presencia, sacramento,
pan y vino, custodias y sagrarios,
altares para esa Eucaristía!
Ese Jueves ya nunca tuvo ocaso,
sigue la mesa puesta escuchando al Maestro:
“Tomad  todos de Él, comed y bebed” y compartidlo,
que yo estaré con vosotros
hasta el fin de los siglos.
Yo os haré nuevos
con mi mandato nuevo:
novedad del amor entre mis manos,
que os entrego
para que construyáis ya aquí, conmigo,
el Reino de los Cielos.

                                 Sor María de la Eucaristía Figueroa Serra

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