Cuatro días que cambiaron la Historia: Domingo de Resurrección

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Jueves Santo, Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Resurrección son cuatro días que cambiaron la Historia y que cada año los cristianos celebramos para recordar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Con la reflexión del Domingo de Resurrección, escrita por la religiosa agustina Sor Patricia Lázaro, terminamos este ciclo de artículos. ¡Jesús ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

Esta es la verdad que grita la Iglesia entera y que oímos proclamar en nuestros templos.  Este es el saludo de estos días entre los cristianos: ¡Feliz Pascua de resurrección!

¿Lo escuchamos realmente?

Es decir, ¿lo dejamos entrar hasta el fondo del corazón de manera que nos mueva a contrastarnos con la verdad que nos ofrece?

¿Por qué Pascua? ¿Por qué feliz?

Pascua: paso

Pascua significa paso, es decir, señala un cambio entre dos realidades. Algo ha sido transformado con la resurrección de Cristo del todo y para siempre.

El tiempo pascual nos da la oportunidad de profundizar al ritmo de la Palabra en la verdad de la resurrección y lo que supone para nuestra vida.

La mañana del domingo y los días sucesivos Jesús sale al encuentro de sus discípulos para reconstituir relaciones con aquellos que lloraban su pérdida: María Magdalena, Pedro y Juan, Tomás, las mujeres, los discípulos reunidos… Jesús les había dicho durante la Última Cena: “Me voy y volveré a vosotros” (Jn 14, 18-28). Les había anunciado el paso a una forma nueva de estar con Él pero ellos no podían entenderle. En cada aparición les irá mostrando cuál es esta forma nueva de estar con Él. Nos enseña también a nosotros, uno a uno, en un encuentro personal también hoy, también ahora.

Fijémonos en María Magdalena. Jesús le pregunta: “¿Por qué lloras? ¿A quién buscas, mujer?” (Juan 20,15). Ella buscaba otro Jesús distinto del que se le presenta. Buscaba consuelo a la pérdida de aquel a quien amaba, buscaba expresar su amor al cuerpo muerto del que había perdido. La plenitud y sentido de su vida le habían sido arrebatados.

¿Qué buscamos?

Y nosotros, ¿qué buscamos? Conviene hacerse esta pregunta porque es la condición primera para poder reconocer la respuesta al anhelo del corazón cuando ésta llegue a nosotros. Buscamos, como María, a veces ansiosamente, alguna vez con llanto, con frustración, con desesperanza, ante las evidencias que se nos ofrecen. María le buscaba en la tumba y nosotros en el ámbito de nuestras cosas cotidianas, de las experiencias a nuestro alcance, con nuestros recursos…

“¡María!” Jesús la llama por su nombre y la que no le había reconocido con sus ojos reconoce su voz. Jesús resucitado se mete dentro de la experiencia de María con naturalidad y la hace pasar felizmente a otra realidad sobrenatural.

Ella le mira de nuevo y todo ha cambiado. Se siente mirada y Él la descubre su verdadera identidad: “Diles que voy a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Juan 20,17)

Llena de gozo vuelve a los otros. Su felicidad habla de búsqueda y entrega, de la intuición que permite percibir la propia vida de nuevo con sentido, como un camino de plenitud. Habla de la existencia de un fin al que nos dirigimos y que la colma en cada paso.

Ahora detengámonos un momento. Entremos a lo interior para localizar nuestros deseos, nuestras búsquedas. Escuchemos el propio nombre en labios de Jesús.

Reconozcamos su presencia

Reconozcamos su presencia Y, como María digamos con verdad: “He visto al Señor”  Entonces podemos ir con Él, nunca solos a nuestros hermanos, con confianza, con seguridad, con la certeza de que Jesús está vivo. Se marchó por su muerte para volver hasta nosotros de una forma nueva, con una unión más profunda, sin límites de espacio ni de tiempo. Porque el amor es eterno.

¡Feliz Pascua de resurrección!

Jesús ha resucitado y la corporeidad, la historia, el cosmos, las relaciones y mi libertad apuntan hacia el cielo. Comienza un tiempo nuevo. Juntos Él y yo, vivo yo en Él y viviendo Él en mí. La Eucaristía, los sacramentos, las relaciones en Su Nombre, la creación entera, repiten el mensaje de una realidad transformada. “Ya, pero todavía no”, no significa frustración sino camino hacia una meta. El mundo debe saber su verdad más profunda: está hecho para la resurrección.  Somos hijos de la resurrección, no por merecimiento nuestro sino por una decisión de Dios. Nuestra elección es tomar o dejar este regalo, acceder a esta corriente de gracia o quedarnos en la orilla. Pero si decidimos sumergirnos en este río de Vida diremos con todo el peso de nuestra existencia: ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Cristo conmigo, Cristo a mi lado
Cristo delante, Cristo detrás
Cristo en mi alma, Cristo en mis pasos
Sobre mí, Cristo siempre estará
Cristo a mi diestra, Cristo a mi izquierda
Cristo mi escudo, mi protección
Cristo en mis sueños y en mi camino
Iluminando mi corazón.

(De una oración atribuída a San Patricio)

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