Voluntariado internacional agustiniano: Misión de Tolé, en Panamá

Seis jóvenes de las comunidades agustinianas de Málaga y Madrid han compartido la vida de la Misión Agustiniana de Tolé, en Panamá.

Seis jóvenes de comunidades agustinas de Málaga y Madrid han compartido durante tres semanas la vida de la Misión Agustiniana de Tolé, en Panamá, en una experiencia de encuentro, servicio y aprendizaje que les ha permitido acercarse a la realidad de numerosas comunidades rurales e indígenas y dejarse transformar por ella. Esta es una de las propuestas de voluntariado internacional agustiniano que se han organizado este verano a través del Secretariado de Misiones, Justicia y Paz de la Provincia de San Juan de Sahagún.

Del 4 al 26 de julio, seis voluntarios vinculados a las comunidades agustinianas de Málaga y Madrid han vivido una experiencia de voluntariado internacional en la Misión Agustiniana de Tolé, en la provincia panameña de Chiriquí. El equipo ha estado formado por el P. Glen Calamba, OSA, Socorro Moreno y María Montes, procedentes de Málaga, y Bea Marín, Sara Campoy y Rodrigo Sanz, de Madrid.

El Voluntariado Agustiniano nace como una oportunidad para compartir tiempo, capacidades y vida con las personas que forman parte de las comunidades de misión. Pero, sobre todo, busca generar un encuentro auténtico en el que quienes participan no lo hagan exclusivamente con le intención de «ayudar», sino también con la de escuchar, aprender y sobre todo con la de dejarse interpelar por una realidad diferente a la propia.

Cuando el amor nos pone en camino

Durante estas tres semanas, los voluntarios han colaborado estrechamente con la comunidad religiosa y educativa de Tolé, participando en actividades con niños y jóvenes, talleres formativos, visitas a distintas comunidades, encuentros con familias, celebraciones y acciones pastorales.

La convivencia cotidiana ha permitido conocer de cerca la labor que los agustinos desarrollan en esta zona y compartir, desde la sencillez y la disponibilidad, algunos de los desafíos y esperanzas de las personas a las que acompañan.

La Misión Agustiniana de Tolé atiende a numerosas comunidades rurales e indígenas y desarrolla una importante labor en los ámbitos de la educación, la evangelización y el acompañamiento integral de niños, jóvenes y familias. Una realidad que ha permitido a los voluntarios comprender que la misión exige, en muchas ocasiones, recorrer largas distancias y superar importantes dificultades para estar cerca de quienes necesitan acompañamiento.

El P. Glen Calamba, OSA, destaca precisamente este aspecto, de la experiencia que aporta el voluntariado internacional agustiniano, a las personas que participan en ella.

Misión de Tolé

Los Padres Agustinos de Tolé atienden más de 70 capillas y, para llevar la Eucaristía y los sacramentos a muchas de estas comunidades, deben cruzar ríos, caminar durante horas, subir montañas y recorrer caminos especialmente difíciles.

El P. Glen, sin embargo, señala, lo que más ha impresionado al grupo no han sido las dificultades del camino, sino la alegría con la que los religiosos continúan recorriéndolo.

«No hemos visto en ellos un servicio realizado por obligación, sino una misión vivida con amor», explica el P. Glen. Al final de cada trayecto hay una comunidad que espera, niños que recibirán la catequesis, una persona que necesita una palabra de esperanza o un pueblo que quiere sentir que Dios no se ha olvidado de ellos.

Su testimonio ha llevado a los voluntarios a descubrir que «la misión no se mide por la comodidad del camino, sino por el amor que nos mueve a recorrerlo».

La experiencia ha servido también para estrechar los vínculos entre las comunidades agustinianas de España y Panamá. En particular, la comunidad de Málaga mantiene una colaboración activa con la Misión de Tolé, por lo que este voluntariado ha permitido fortalecer una relación construida desde la fraternidad, la solidaridad y el deseo de compartir una misma misión.

Una experiencia que deja huella

Para los seis voluntarios, el viaje ha supuesto también una experiencia de crecimiento personal y espiritual. «Quizás nosotros hemos llegado pensando que veníamos a ayudar, pero al final descubrimos que también hemos recibido mucho más de lo que hemos dado», reconoce el P. Glen. La convivencia con las comunidades les ha permitido acercarse a otras formas de vivir la fe y descubrir valores como la humildad, la perseverancia, la entrega y la alegría.

En este sentido, el voluntariado se convierte en una experiencia de ida y vuelta: se comparte, pero también se recibe; se ofrece tiempo, pero también se recibe una nueva mirada.

La experiencia de Tolé deja así una pregunta que trasciende las tres semanas de misión: «¿Hasta dónde estoy dispuesto a caminar por los demás?». El P. Glen invita a trasladar esa pregunta a la vida cotidiana.

Porque, en definitiva, la misión comienza allí donde cada uno se encuentra, con las personas que Dios pone en su camino. Y el testimonio de los agustinos de Tolé recuerda que la fe no es solamente algo que se proclama, sino también algo que se camina, se entrega y se vive.

El P. Glen subraya que uno de los aprendizajes más profundos que los seis voluntarios regresan llevando consigo es que servir es ponerse en camino hacia el otro y que «la verdadera medida de una misión no está en cuánto se ha recorrido, sino cuánto amor se ha dejado a lo largo del camino».

Las experiencias de voluntariado internacional agustiniano que cada año se organizan desde el Secretariado de Misiones, Justicia y Paz de la Provincia de San Juan de Sahagún, muestran un año más que la fraternidad se construye caminando juntos, poniendo el corazón al servicio de los demás y descubriendo, también en el encuentro con el otro, un camino hacia Dios.

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