
La presencia de la Orden de San Agustin en Argentina se remonta al siglo XVII. Entre 1617 y 1626, religiosos agustinos de la jurisdicción de Chile evangelizaron en la región de Cuyo, si bien la constitución canónica de las primeras casas no se dio hasta 1642 en San Juan y 1657 en Mendoza. En la actualidad, los agustinos representan una realidad histórica y significativa en el país enfocada en la educación, la vida parroquial y el servicio misionero, con comunidades destacadas en Mendoza, San Juan, Salta, Catamarca y Buenos Aires.
La Orden llegó durante la época colonial y hoy su presencia allí constituye el Vicariato San Alonso de Orozco. Hasta allí ha viajado en los últimos meses el religioso agustino P. Daniel Abad, que había trabajado en los últimos años en el Colegio San Agustín, de Los Negrales, en Madrid.
Un colegio
Con destino a Salta, en el norte de Argentina, el P. Daniel llegó con el objetivo de «relanzar un colegio cuyo planteamiento no había sido demasiado coherente, pero que el grupo de profesores, alumnos y familias que estaban en él merecían la confianza de que todo seguiría adelante».
Fue todo un reto, hubo que hacer un Proyecto Pedagógico adecuado y una puesta en marcha de una infraestructura que estaba totalmente paralizada.
Vicaría de San Antonio
Cuenta el religioso que paralelamente a este proyecto educativo atendió las necesidades de la Vicaría de San Antonio, un barrio en la periferia de Salta, alejado de la población y de las posibilidades de supervivencia: «En esta ciudad el contraste de realidades se acentúa en algunas zonas donde su situación demasiado precaria nos muestra calles de tierra con casas de muros desconchados, con tejados de uralita y planchas de metales oxidados que, malamente, intentan proteger de las lluvias».
En esta zona todavía es fácil encontrar a niños que juegan descalzos en las calles al fútbol. «Su futuro se mueve entre las drogas y la prostitución con una visión de futuro muy poco optimista», señala.
«En este barrio cargado de necesidades y pobreza, los Agustinos atendemos sacramentalmente a una población difícil y un comedor que intenta paliar la necesidad de poder comer al menos una vez al día -explica el P. Daniel-. Este comedor recuerda la labor realizada por el P. Salustiano, un héroe en la zona, que intentó proteger a los más débiles y necesitados y al que todos recuerdan y dan fama de santo».
Aquí acuden todos los días casi cien personas necesitadas, algunos con las manos arrugadas y las uñas ennegrecidas y todos desprenden un olor especial, un olor característico a hambre y miseria que ni el agua ni el jabón pueden quitar.
Historias concretas
Una experiencia así es un viaje exterior e interior del que regresas con nombres concretos para siempre en el corazón.
«Aquí he conocido a Margarita -relata el religioso agustino- una anciana conmovedora, encorvada por el paso de los años y que, si no fuera por el comedor del P. Salustiano, solo habría comido un trozo de pan; a Marcela de la que me contaron que hace tiempo fue prostituta porque habría que sobrevivir. Un día me abrazó llorando, pidiendo una bendición y me trajo a la mente el recuerdo de María Magdalena».
«Seguro que ella, con sus lágrimas -añade-, está más cerca de Dios que muchos de nosotros; y a José María, un buen amigo a quien la vida le ha pasado factura y que, hoy dedica todo su tiempo a su gente y a su barrio y que es el alma del comedor de San Antonio. Me cuenta a menudo que tiene una mochila demasiado cargada pero que sabe que Dios le ayudará a ir aligerando los pesos que todavía pesan en su espalda».
Pero la historia que más le ha impactado ha sido la de Gloria. Una mujer de edad avanzada que recoge ancianos de la calle, que nada tienen o a quienes nadie quiere.
El piso de la casa de Gloria es de tierra y el tejado muestra roturas desde las que pueden verse pasar las nubes, con las paredes encaladas de un blanco sucio que no ha sido pintado desde hace años.
Gloria vive allí, ofreciendo su vida entre imágenes de santos, con velas encendidas, por los que se siente protegida, con ocho ancianos maltratados por la vida y por las enfermedades más peculiares.
El P. Daniel Abad recuerda que algunos enfermos no pueden levantarse de la cama y te reciben con agradables sonrisas desdentadas, esperando tus bendiciones. «El olor a orines es intenso y varios perros salen debajo de las camas como única compañía. Gloria siempre sonríe. Me dijo que hace lo que puede con su jubilación mínima y algunas ayudas que le llegan, pero que difícilmente le permiten llegar a fin de mes. Sin embargo, también comentó con un susurro que siempre ha confiado en Dios y, aunque con muchas privaciones, siempre ha tenido lo necesario para ella y sus ancianos».
Son historias duras que no sabes que puedan existir hasta que las tocas con las manos. Historias tristes, que no parecen reales por ser demasiado lejanas, para quienes han tenido la suerte de haber nacido en una familia diferente que no tendrá que mendigar para vivir. «Pero son historias reales, tan reales que cuando convives al lado te golpean la conciencia – añade el P. Daniel Abad- por no haber sido lo suficientemente humano, lo suficientemente cristiano, de haber sabido multiplicar los panes y los peces en lo que podía haber sido el mayor y mejor milagro de la historia».



