Evangelio del XI Domingo del T.O., según San Agustín

El Evangelio habla del Reino de Dios. Sobre esto, San Agustín se refiere a la Ciudad de Dios en contraste con la ciudad de los hombres.

En el Evangelio de hoy leemos varias parábolas, cortas que nos hablan del Reino de Dios. San Agustín cuando nos habla del Reino de Dios lo hace en el contexto de la Ciudad de Dios en contraste con la ciudad que construimos los hombres. El amor a Dios construye esa Ciudad que tendremos como premio y que se consigue amando a Dios, obedeciendo sus mandatos. Por eso, la sabiduría del hombre es servir al Dios verdadero, dando culto y haciendo las buenas obras que Dios nos pide en favor de nuestros hermanos.

Las dos ciudades

Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor. Aquélla solicita de los hombres la gloria; la mayor gloria de ésta se cifra en tener a Dios como testigo de su conciencia. Aquélla se engríe en su gloria; ésta dice a su Dios: Gloria mía, Tú mantienes alta mi cabeza. La primera está dominada por la ambición de dominio en sus príncipes o en las naciones que somete; en la segunda se sirven mutuamente en la caridad los superiores mandando y los súbditos obedeciendo. Aquélla ama su propia fuerza en los potentados; ésta le dice a su Dios: Yo te amo, Señor; Tú eres mi fortaleza.

La de los hombres

Por eso, los sabios de aquélla, viviendo según el hombre, han buscado los bienes de su cuerpo o de su espíritu o los de ambos; y pudiendo conocer a Dios, no lo honraron ni le dieron gracias como a Dios, sino que se desvanecieron en sus pensamientos, y su necio corazón se oscureció. Pretendiendo ser sabios, exaltándose en su sabiduría por la soberbia que los dominaba, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes de hombres mortales, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles (pues llevaron a los pueblos a adorar a semejantes simulacros, o se fueron tras ellos), venerando y dando culto a la criatura en vez de al Creador, que es bendito por siempre.

La de Dios

En la segunda, en cambio, no hay otra sabiduría en el hombre que una vida religiosa, con la que se honra justamente al verdadero Dios, esperando como premio en la sociedad de los santos, hombres y ángeles, que Dios sea todo en todas las cosas.

La Ciudad de Dios XIV, 28

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