Evangelio del III Domingo de Pascua, según San Agustín

En este tercer domingo de la Pascua nos encontramos con el relato los discípulos de Emaús que vuelven, desilusionados, a su casa.

En este tercer domingo de la Pascua nos encontramos con el relato los discípulos de Emaús que vuelven, desilusionados, a su casa. Habían oído hablar a las mujeres, a otros discípulos que habían visto al Señor, pero no lo creían. Y ahora, van a ser ellos los que van a ver a Cristo, que se les presenta vivo y real en su camino. Por lo tanto, hemos de ser conscientes cómo Cristo resucitado se nos sigue presentando en nuestras vidas, como él quiere ser acogido en los huéspedes, en los inmigrantes, en los hermanos necesitados. No cerremos nuestros ojos a la presencia de Cristo que se nos sigue apareciendo, también a nosotros, y, si no tenemos cuidado, podemos dejar fuera, en la calle.

Como nos recuerda Nuestro Padre San Agustín, hoy damos de comer al mismo Cristo hambriento cuando damos de comer al hambriento, cuando acogemos con amor al que no tiene casa, cuando sabemos ser serviciales. No nos olvidemos que seguimos, nosotros también, en este mundo peregrinando hacia la patria celestial.

Acoger

¡Qué misterio, hermanos míos! Entra en casa de ellos, se convierte en su huésped, y el que no había sido reconocido en todo el camino, lo es en la fracción del pan. Aprended a acoger a los huéspedes, pues en ellos se reconoce a Cristo. ¿O ignoráis que, si acogéis a un cristiano, lo acogéis a él? ¿No dice él mismo: Fui huésped, y me acogisteis? Y cuando se le pregunte: Señor, ¿cuándo te vimos como un huésped?, responderá: Cuando lo hicisteis con uno de mis pequeños, conmigo lo hicisteis.

Así, pues, cuando un cristiano acoge a otro cristiano, sirven los miembros a los restantes miembros, y se alegra la cabeza, y considera como dado a sí mismo lo que se otorgó a uno de sus miembros. Demos de comer en esta tierra a Cristo hambriento, démosle de beber cuando tenga sed, vistámosle si está desnudo, acojámosle si es peregrino, visitémosle si está enfermo. Son necesidades del viaje. Así hemos de vivir en esta peregrinación, donde Cristo está necesitado. Personalmente está lleno, pero tiene necesidad en los suyos. Quien está lleno personalmente, pero necesitado en los suyos, lleva a sí a los necesitados. Allí no habrá hambre, ni sed, ni desnudez, ni enfermedad, ni peregrinación, ni fatiga, ni dolor.

No sé lo que habrá allí, pero sé que estas cosas no existirán. Estas cosas que no existirán allí las conozco; pero lo que vamos a encontrar ni el ojo lo vio, ni el oído lo oyó, ni subió a corazón de hombre. Podemos amarlo, podemos desearlo; en esta peregrinación podemos suspirar por tan gran bien; no podemos pensarlo ni explicarlo de manera digna con palabras. Yo, al menos, no puedo. Por tanto, hermanos míos, buscad a alguien que pueda, si es que podéis encontrarlo, y llevadme a mí como discípulo a vuestro lado.

Alabar

Sólo sé que, como dice el Apóstol, quien es poderoso para hacer en nosotros más de lo que pedimos o pensamos, nos llevará al lugar donde se haga realidad lo que está escrito: Dichosos los que habitan en tu casa; te alabarán por los siglos de los siglos. Nuestra única ocupación será alabar a Dios. ¿Qué vamos a alabar si no vamos a amarlo? También amaremos lo que veremos. Veremos, pues, la verdad, y la verdad misma será Dios, a quien alabaremos. Allí encontraremos lo que hoy hemos cantado: Amén: Es verdad; Aleluya: Alabad al Señor.

Sermón 236, 3

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