Evangelio del II Domingo de Cuaresma, según San Agustín

En el Evangelio del II domingo de Cuaresma, vemos cómo Jesús se transfigura ante sus discípulos y cómo les muestra su gloria.

En el Evangelio de hoy vemos a Jesús cómo se transfigura ante sus discípulos, cómo les muestra su gloria. San Agustín nos explica cómo Jesús es la Palabra de Dios, en Él está la ley y los profetas, Moisés y Elías. Lo que estaba anunciado como en un espejo, ahora lo ven cara a cara. Por eso, una vez contemplada su gloria, no podemos descansar, no podemos quedar mirando sin más.

Esto no es más que un alto en el camino para tomar fuerzas, para encontrarnos con el Señor y salir, bajar a evangelizar, a llevar el amor de Dios a todos. Y lo hacemos así porque el mismo Cristo Jesús lo hizo así: el Pan se hizo hambre, la Vida se hizo muerte para que nosotros obtengamos la Vida eterna y nos saciemos de su amor.

Tres tiendas

Ve esto Pedro y, juzgando, como hombre, con criterios humanos, dice: Señor, es bueno estarnos aquí. Hastiado de la muchedumbre, había encontrado la soledad de la montaña. Allí tenía a Cristo, pan para el espíritu. ¿Para qué salir de allí hacia las fatigas y los dolores, si poseía amores santos cuyo objeto era Dios y, por tanto, buenas costumbres? Quería que le fuera bien; por eso añadió Si quieres, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Nada respondió a esto el Señor, pero Pedro recibió una respuesta. Pues, mientras decía esto, vino una nube resplandeciente y los cubrió. Él buscaba tres tiendas. La respuesta del cielo manifestó que para nosotros es una sola cosa lo que el criterio humano quería separar. Cristo es la Palabra de Dios: Palabra de Dios en la ley, Palabra de Dios en los profetas. ¿Por qué quieres separar, Pedro? Más te conviene unir. Buscas tres tiendas: advierte también que es una.

Así, pues, al cubrirlos la nube a todos y haciendo en cierto modo una sola tienda para ellos, sonó también desde la nube una voz que decía: Este es mi Hijo amado. Allí estaba Moisés, allí Elías. Aquí está el Señor, aquí la Ley y los Profetas; el Señor, en cuanto Señor; la Ley, personificada en Moisés; la Profecía, personificada en Elías. Pero estos en condición de siervos, de ministros. Ellos, como vasos; él, como fuente. Moisés y los profetas hablaban y escribían, pero cuanto fluía de ellos, de él lo tomaban. Pero el Señor extendió su mano y levantó a los caídos. A continuación, no vieron a nadie más que a Jesús solo. ¿Qué significa esto? Cuando se leía al Apóstol, escuchasteis que ahora vemos en un espejo, en enigma, pero entonces veremos cara a cara.

Predica la Palabra

Desciende, Pedro. Querías descansar en la montaña: desciende, predica la palabra, insta a tiempo y a destiempo, arguye, exhorta, reprende con toda longanimidad y doctrina. Fatígate, suda, sufre algunos tormentos para poseer en la caridad, por la blancura y la belleza de las buenas obras, lo simbolizado en las blancas vestiduras del Señor. En efecto, cuando se leyó al Apóstol, le oímos decir en elogio de la caridad: No busca sus cosas. No busca sus cosas, puesto que dona las que posee. Lo mismo dice en otro lugar, pero en términos más peligrosos, si no los entiendes bien. Pues, siempre con referencia a la caridad misma, el Apóstol, dando órdenes a los fieles, los miembros de Cristo, dice: Nadie busque lo suyo, sino lo del otro.

Oye, ¡oh avaro!; escucha. En otro pasaje te expone el Apóstol con más claridad el texto: Nadie busque lo suyo, sino lo del otro. Dice de sí mismo: Pues no busco mi utilidad, sino la de muchos, para que se salven. Pedro aún no entendía esto cuando deseaba vivir con Cristo en el monte. Esto, ¡oh Pedro!, te lo reservaba para después de su muerte. Lo que te dice ahora es: «Desciende a fatigarte en la tierra, a servir en la tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra. Descendió la Vida para encontrar la muerte; bajó el Pan para sentir hambre; bajó el Camino para cansarse en el trayecto; descendió el Manantial para tener sed, y ¿rehúsas fatigarte tú? No busques tus cosas. Ten caridad, predica la verdad; entonces llegarás a la eternidad, donde encontrarás seguridad».

Sermón 78, 3-6

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