
Jueves Santo, Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Resurrección son cuatro días que cambiaron la Historia y que cada año los cristianos celebramos para recordar la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. La reflexión del Viernes Santo llega desde el Monasterio de San Ildefonso, que las MM. Agustinas tienen en Talavera de la Reina.
El Triduo Santo es una unidad. El Jueves en el cenáculo Jesús abre su corazón y nos muestra los ardientes deseos que tiene de demostrarnos su amor, ya lo había hecho a lo largo de su vida oculta y de su vida pública. Será ahora el Viernes y Sábado Santo cuando podamos contemplar la verdad y autenticidad de las palabras de su predicación.
Jesús en el lavatorio de los pies, la institución del sacerdocio y la eucaristía; la oración con los suyos en el Huerto de los Olivos; en el juicio delante de Caifás, el Sanedrín, Herodes y Pilatos; en el calabozo y en la condena injusta; en la flagelación, la coronación de espinas, las humillaciones y vejaciones de unos y otros,… nos muestra con sus obras, la profundidad y veracidad de sus palabras. Él era verdaderamente el Hijo de Dios, que “despojado de su condición divina se hizo uno de tantos” “para enriquecernos con su pobreza”.
Verdad
El Viernes Santo tenemos la oportunidad de acompañar a Jesús meditando la lectura de la Pasión, en un lugar recogido y silencioso; o mejor aún, delante del Monumento de tantas Iglesias que han hecho la Reserva de la Sagrada Eucaristía del Jueves Santo.
A la luz del Evangelio de San Juan, que se proclama en los oficios de la liturgia de este día, vemos el sentido más profundo de estos momentos redentores de la vida de Jesús: Verdad, Gloria y Gracia.
La Cruz nos muestra la verdad de nosotros mismos.
“¿A quién buscáis?”, pregunta Jesús a quiénes vienen a buscarle en el Huerto de Los Olivos. “ A Jesús El Nazareno”, contestaron. Con estas pocas palabras nos conduce hasta la verdad de quiénes somos cada uno de nosotros.
¿Realmente qué busco en mi vida con mis acciones, elecciones, deseos…? ¿A qué dedico mi tiempo, a qué doy espacio y atención? ¿Qué me da alegría, esperanza…? Porque, “ dónde está mi tesoro, ahí está mi corazón”.
Pero la Cruz también nos muestra quién es Jesucristo. “ Yo soy”, respondió a los guardias. Esa fue la revelación que recibió Moisés en La Zarza ardiente cuando se acercó a contemplar ese espectáculo misterioso, una zarza que ardía y no se consumía.
“ Yo soy la Luz, el Agua viva, el Camino, la Verdad, la Vida, el Pan vivo…” había afirmado en sus sermones. Ahora lo rubricaba con la entrega de su vida. “ No me quitan la vida, soy Yo quién la entrego”.
Pero, a la sombra de la Cruz la Palabra también nos muestra la verdad de su reino. “¿ Eres tú el rey de los judíos? (…) Mi reino no es de este mundo.
También en medio de nuestro sufrimiento, enfermedad, vejez, limitaciones de carácter, pérdidas de seres queridos, heridas de otros, injusticias e incomprensiones, puede quedar al descubierto la verdad de nosotros mismos. También ahí podemos descubrir la Verdad de Jesucristo que nos ilumina porque es Luz; que nos sacia, porque es Pan y que nos renueva, porque es agua viva.
Jesús es Rey, pero un rey manso y humilde de corazón. No vence imponiendo, sino amando; sirviendo; entregando su vida; sufriendo injusticias para cargar con las flaquezas y pecados de los suyos… Vence el mal con el bien; y así es como invita a los suyos a luchar contra las fuerzas del mal y actuar con los amigos y enemigos.
Gloria
Pero además de mostrar la verdad, la Cruz es manifestación de la Gloria de Dios en su Hijo. “Padre glorifica a tu Hijo”. “Cuando el Hijo del hombre sea elevado sobre la Tierra atraerá a todos hacia sí”.
Continua diciendo San Juan que “cargando él mismo con la cruz, salió al sitio de la Calavera, que en hebreo se dice Gólgota, dónde le crucificaron”.
Gracia
El Viernes Santo es también día y tiempo de Gracia. Jesús el Calvario, a los pies de la cruz, nos hace los regalos más grandes: su Madre y el Espíritu Santo.
Cuando ya se ha despojado de todo, a todos los niveles, nos entrega a María. Ella, que con Corazón Inmaculado ha vivido los acontecimientos de la pasión en sintonía total, en amor y dolor con el Hijo, y que también tiene el corazón desgarrado sin que se lo hayan atravesado por una lanza, escucha: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.
¡ Vaya cambio! Él se entrega por nosotros; y justo en ese momento, te pide que nos acojas como a hijos. Junto a Ella, está el discípulo amado. También se dirige a él, ya casi sin fuerzas: “ He ahí a tu Madre”.
Por eso, desde donde cada uno nos encontremos: acompañando enfermos, desde la oscuridad, el pecado, la soledad, el vacío, el sin sentido, el miedo… recemos con María pidiendo su Espíritu.
