Evangelio del XXI Domingo del T.O., según San Agustín

El discurso del pan de vida es duro, no todo el mundo lo acepta. Incluso entre los mismos seguidores de Jesús se escandaliza y muchos dejan de seguirlo. Aquí san Pedro habla por nosotros: a dónde vamos a ir. Llama la atención que cuando Jesús elige a sus discípulos, algunos no van a saber seguirlo bien. San Agustín se sirve de este pasaje para explicarnos que Dios es capaz de usar bien hasta los mismos fallos de las personas.

Dijo Jesús a los doce, esto es, a los doce que se quedaron: ¿Acaso también vosotros, queréis iros? Ni siquiera Judas se marchó. Pero para el Señor estaba claro por qué permanecía; después nos lo ha manifestado.

Respondió Pedro por todos, uno por muchos, la unidad por todos sin excepción: Le respondió, pues, Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Nos rechazas de ti, danos otro tú. ¿A quién iremos? Si de ti nos apartamos, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Mirad cómo Pedro, por donación de Dios, porque el Espíritu Santo ha vuelto a crearlo, ha entendido. ¿Por qué, sino porque ha creído? Tú tienes palabras de vida eterna, pues tienes la vida eterna en el servicio de tu cuerpo y tu sangre. Y nosotros hemos creído y conocido. No hemos conocido y hemos creído, sino hemos creído y conocido, pues hemos creído para conocer, porque, si quisiéramos primero conocer y después creer, no seríamos capaces ni de conocer ni de creer. ¿Qué hemos creído y qué hemos conocido? Que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, esto es, que tú eres la vida eterna misma, y que en tu carne y sangre no das sino lo que eres.

Pregunta, pues, el Señor Jesús: ¿Acaso no os elegí yo a vosotros doce, y uno de vosotros es diablo? Diría, pues, «elegí a once»; ¿o se elige también al diablo, o el diablo está entre los elegidos? De «elegidos» suele hablarse como loa; ¿o es también elegido ese de quien, sin quererlo ni saberlo él, se haría alguna gran cosa buena? Esto es propio de Dios y contrario a los malvados. En efecto, como los perversos usan mal las buenas obras de Dios, así Dios, al contrario, usa bien las obras malas de los perversos.

¡Qué bueno es que los miembros del cuerpo estén tal como sólo el artífice Dios puede disponerlos! Sin embargo, ¡qué mal usa los ojos el descaro! ¡Y qué mal usa la lengua la falacia! El testigo falso, ¿no mata primero su alma con la lengua y, muerto él, intenta dañar al otro? Usa mal la lengua, pero no por ello la lengua es algo malo; obra de Dios es la lengua; pero la maldad usa mal la buena obra de Dios. ¡Cómo usan los pies quienes corren a los delitos! ¡Cómo usan las manos los homicidas, y qué mal usan los malos a las buenas criaturas de Dios que por fuera les están próximas! Con el oro corrompen los juicios, oprimen a los inocentes. Mal usan los malos esa luz, ya que, viviendo mal, usurpan para servicio de sus delitos incluso la luz misma con que ven.

En efecto, el malo, al ir a hacer algo malo, quiere disponer de luz para no tropezar él, que dentro tropezó ya y cayó; lo que teme en el cuerpo, ya ha acaecido en el corazón. Todos los bienes de Dios —para que no resulte largo recorrerlos uno por uno— los usa mal el malo; al contrario, el bueno usa bien las maldades de los hombres malos. ¿Y qué bien hay tan grande como el único Dios, siendo así que el Señor mismo dijo: Nadie hay bueno sino uno solo, Dios? Cuanto, pues, mejor es él, tanto mejor usa incluso nuestros males.

Comentario al Evangelio de san Juan XXVII, 9-10

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