Evangelio del Domingo de Ramos, según San Agustín

La lectura de la Pasión ayuda a entender el misterio de nuestra salvación. No hay que escuchar solo con los oídos, sino con el corazón.

Un año más estamos ante las puertas de la Semana Santa, la semana grande del cristiano. Hoy leemos la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, esta lectura nos ayudará a ir entendiendo el misterio de nuestra salvación. No hay que escuchar solo con los oídos, sino con el corazón. No es solo un mero recuerdo, sino que es volver a vivir cómo Jesucristo se entregó por amor a la muerte por nosotros. Él pudo haberse escapado, haber buscado huir de esta situación, pero no quiso renunciar vivir, a mostrar el amor de Dios Padre.

Nosotros recordamos este gran acontecimiento, lo meditamos, como si lo viviéramos hoy en primera persona, porque la salvación se actualiza, porque hay muchas personas, muchos pueblos, que siguen crucificados y todavía esperan poder resucitar. Abracemos la cruz de Cristo en esta Semana Santa para poder también resucitar con Él.

Misterio

Celebramos con toda solemnidad el misterio grande e inefable de la pasión del Señor. Misterio que, a decir verdad, nunca se aparta ni del altar al que asistimos, ni de nuestra boca y frente, para que retengamos siempre en el corazón lo que continuamente nos presentan también los sentidos del cuerpo.

No obstante, esta solemnidad anual ocupa mucho más a la mente en el recuerdo de tan gran acontecimiento, de modo que lo que hace muchos años cometió la maldad de los judíos en un único lugar y lo que sus ojos vieron, ahora se contempla en todo el orbe de la tierra con la mirada de la fe cual si hubiera tenido lugar hoy mismo. Si ellos veían entonces con agrado el resultado de su crueldad, ¡con cuánto mayor agrado, ayudados por la memoria, hemos de traer de nuevo a nuestras mentes lo que piadosamente creemos!

Solemnidad

Si ellos miraban con placer su maldad, ¿no hemos de recordar nosotros, con gozo mayor aún, nuestra salvación? En el único acontecimiento se manifestaban los crímenes que cometían en aquel momento y se borraban también los nuestros futuros. Por último, donde detestamos las maldades cometidas por ellos, allí mismo nos alegramos del perdón de las nuestras. Ellos obraron la maldad, nosotros celebramos la solemnidad; ellos se congregaron porque eran despiadados, nosotros porque somos obedientes; ellos estaban perdidos, nosotros encontrados; ellos vendidos, nosotros rescatados; ellos le miraban para insultarle, nosotros le adoramos con veneración.

En consecuencia, Cristo crucificado es, para los infieles, escándalo y necedad; para nosotros, en cambio, el poder y la sabiduría de Dios. He aquí la debilidad de Dios, que es más fuerte que los hombres, y la necedad de Dios, más sabia que los hombres. El sucederse de los acontecimientos lo mostró con mayor claridad aún. ¿Qué deseaba entonces la ira rabiosa de los enemigos sino eliminar su memoria de la tierra? Pero quien fue crucificado en una sola nación se ha establecido en los corazones de tantas otras; y quien entonces fue entregado a la muerte en un solo pueblo, ahora es adorado por todos.

Se ha cumplido

Y, sin embargo, no solamente entonces, sino incluso ahora, leen como ciegos y cantan como sordos lo que la voz profética anunció con tanta antelación que había de suceder: Taladraron mis manos y mis pies, contaron todos mis huesos; ellos, sin embargo, me contemplaron; dividieron mis vestidos y sobre mi túnica echaron suertes. En el evangelio leemos estas cosas cumplidas tal y como fueron anunciadas en el salmo; pero entonces las manos de los judíos hacían realidad lo que en vano golpeaba sus oídos; y la profetizada pasión del Señor se cumplía tanto más eficazmente cuanto menos la comprendían ellos. Ahora, en cambio, leen que ha sido predicha y reconocen que se ha cumplido, y eligen todavía negar a Cristo, porque ya no pueden volver a darle muerte.

Sermón 218 B

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