Agustinos en Huelva: Un pueblo que cargó con la cruz

La comunidad de agustinos de Huelva ha acompañado al pueblo en la celebración del funeral por los fallecidos en el accidente de tren.

El pueblo de Aljaraque se despertaba el lunes pasado sumido en un silencio denso, un silencio que no nacía de la ausencia de palabras, sino del peso insoportable del dolor. Un dolor que atravesaba las calles, los hogares y, de manera muy especial, el corazón de toda la comunidad parroquial. El jueves, fieles, autoridades y vecinos se reunieron para encomendar el eterno descanso a los fallecidos en el accidente de tren, y expresar su solidaridad con los heridos y sus allegados, en una celebración que presidió el religioso agustino P. Emilio Rodríguez Claudio.

En los últimos días, los miembros de la comunidad de agustinos que atiende las parroquias de Bellavista, Aljaraque y Corrales, en la Diócesis de Huelva, ha acompañado con su presencia espiritual y pastoral a un pueblo que ha sufrido una pérdida colectiva de enorme magnitud. El prior de la comunidad, P. Emilio Rodríguez Claudio, OSA, también Vicario General de la Diócesis, ha hecho la siguiente crónica de lo vivido.

La noticia

Hay noticias que no solo informan, hieren. Cuando Aljaraque supo lo ocurrido, cuando empezó a correr de boca en boca, primero como temor, después como confirmación imposible de aceptar, que Pepe Zamorano y Cristina Álvarez, su hijo Pepe y su sobrino Félix habían perdido la vida en el accidente ferroviario del domingo 18 de enero en Adamuz, algo se rompió por dentro en todo el pueblo.

No fue solo el dolor de una familia. Fue el dolor de todos. Desde ese mismo instante, Aljaraque hizo suyo ese sufrimiento. Cada padre pensó en sus hijos, cada madre en su familia, cada abuela en sus nietos, cada joven en los suyos. La tragedia dejó de tener nombres ajenos y pasó a doler como propia.

El duelo

Desde ese momento, el pueblo empezó a llorar con ellos. En silencio, con incredulidad, con el corazón encogido, con preguntas que nadie se atrevía a formular en voz alta. El dolor no esperó al funeral ni a la llegada de los féretros. El duelo comenzó en el mismo instante en que se conoció la noticia, cuando la vida cotidiana quedó suspendida y el nombre de aquella familia empezó a pronunciarse con un nudo en la garganta.

La despedida visible tomó forma la tarde anterior al funeral, cuando Aljaraque entero se volcó en torno al pabellón polideportivo. Nadie convocó, y sin embargo todos acudieron. Vecinos, amigos, familias completas fueron llegando para rodear y arropar a los familiares, que aguardaban la llegada de los cuerpos sin vida. No había palabras suficientes, pero sí una presencia masiva, firme, silenciosa, que decía sin decirlo: vuestro dolor es nuestro dolor.

La espera fue larga, angustiosa, casi insoportable. Y, cuando alrededor de las 22:00 horas llegaron los féretros, el sufrimiento contenido estalló con toda su crudeza. Fue un momento desgarrador hasta lo indecible. Llantos profundos, gritos de incredulidad, abrazos desesperados aferrados a los féretros como último gesto de amor, como si soltarlos fuera aceptar lo inaceptable.

En el pabellón

El ambiente se llenó de un clamor que nacía del alma, de un dolor que no encontraba consuelo ni forma. Durante más de una hora, el llanto fue colectivo, atravesando a todos. Nadie permanecía indiferente.

Cuando ya no quedaban fuerzas ni voz, llegó un silencio denso, cargado de lágrimas. En ese instante, el P. Emilio, con la discreción de quien sabe que ante el misterio del sufrimiento solo cabe ponerse en manos de Dios, rezó un responso sencillo y profundo, sosteniendo con la oración lo que humanamente era insoportable.

El pabellón permaneció abierto durante toda la noche. Y el pueblo siguió allí. A lo largo de las horas fueron pasando vecinos, amigos, familias enteras. Algunos rezaban en silencio, otros lloraban, otros simplemente permanecían. Cada paso, cada mirada, cada abrazo decía lo mismo: no estáis solos. El dolor compartido no desaparecía, pero encontraba un pequeño sostén en la cercanía.

La Eucaristía

A la mañana siguiente, el pabellón volvió a llenarse hasta no poder acoger a más personas. Todo Aljaraque y muchos vecinos de Punta Umbría estaban allí. La Eucaristía se celebró desde un silencio orante, profundo, respetuoso, casi sobrecogedor. No era un silencio vacío, sino un silencio lleno de lágrimas contenidas, de oraciones interiores, de una fe que se mantenía en pie con esfuerzo. El pueblo entero parecía rezar incluso cuando no hablaba.

La celebración estuvo presidida por el P. Emilio, acompañado por el Vicario de la zona de la costa y párroco de Punta Umbría, pueblo natal de Cristina, y por los padres agustinos de la comunidad de Aljaraque. Desde el inicio se percibía que no se buscaban explicaciones, sino consuelo, esperanza y sentido. “Hoy, se dijo al inicio de la celebración, todo Aljaraque se reúne con el corazón roto y en profundo silencio. Somos un pueblo herido que viene a llorar, a rezar y a confiar”.

En la homilía

El P. Emilio puso voz a lo que todos sentían: “Hoy sobran las palabras. Hoy hablan las lágrimas, pero no sobra la Palabra, con mayúsculas, que es Cristo mismo, nuestro alimento y nuestro sostén.” Sus palabras no cerraban heridas, pero las acompañaban.

Reconoció con una sinceridad desarmante el estado del alma del pueblo: “Estamos consternados, agobiados, tristes, como Jesús en el Huerto de los Olivos. Nuestra misma fe y confianza en el Señor parecen desfallecer.” Y desde esa verdad desnuda llevó a la asamblea al Evangelio: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá para siempre.”

El momento más hondo llegó cuando invitó a mirar al Crucificado: “Hoy nos sale del alma mirar a Cristo en la cruz y gritar con Él: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Ese grito era el del pueblo entero. Todo fue puesto ante Dios sin filtros ni defensas. Y cuando ya no quedaban razones humanas, llegó la invitación al silencio creyente: “Cuando no hay palabras para explicarnos estas muertes, acudimos a la Palabra eterna, que con el profeta Isaías nos dice: Es bueno esperar en silencio la salvación de Dios.”

La Eucaristía fue presentada como lugar de encuentro y consuelo: “Aquí nos encontramos con el Señor resucitado, que pone el bálsamo de su presencia en nuestros corazones destrozados.” En el altar se pusieron las almas de los difuntos, el dolor de la familia y el sufrimiento de todos los afectados por la tragedia. Y resonó con fuerza la promesa de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré.”

Acción de gracias

Hubo también una acción de gracias a Dios, humilde y temblorosa por la pequeña Cristina, la hija que salió con vida del accidente, signo de vida en medio de tanta muerte, signo de que Dios no se aleja, aunque no entendamos sus caminos.

La mirada del pueblo se volvió finalmente hacia Virgen de los Remedios, Madre y Patrona del pueblo y que presidía la celebración, cuando dijo: “Es bueno esperar en silencio la salvación de Dios, y mirar a Jesús crucificado, acompañado de María, Nuestra Señora de los Remedios.” A ella se le confió a los que han partido y a los que quedan con el alma desgarrada. Y la homilía se cerró con una esperanza susurrada en medio del dolor: “Que nos consuele su Palabra: Hoy estarás conmigo en el Paraíso.”

La celebración terminó en el mismo silencio con el que había comenzado. Pero ya no era el mismo. El dolor seguía siendo inmenso, pero estaba sostenido por una esperanza firme. Con el canto del “Salve Madre”, elevado con emoción contenida a Virgen de los Remedios, Madre protectora nuestra, se puso fin a la Eucaristía.

Así despidió Aljaraque a los suyos. Aljaraque había hecho suyo el sufrimiento de una familia desde la primera noticia que hirió el alma, hasta la fe compartida que sostuvo el corazón. Un pueblo roto, pero unido; herido, pero creyente; que llora, acompaña e, incluso, en la noche más oscura se atreve a confiar y a ponerse, como hijos, en manos de su Madre. Un pueblo que cargó con la cruz de una familia y la puso en manos de Dios.

En los últimos días, el P. Emilio Rodríguez también ha escrito esta reflexión sobre lo que están viviendo los feligreses y conocidos, un pueblo herido sostenido por la esperanza.

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