Evangelio del Domingo XXVI del T. O., según San Agustín

Evangelio del Domingo XXVI del T. O., según San Agustín

En el Evangelio de hoy, Jesús nos pone de modelo a los publicanos y prostitutas, no porque vivieran bien, sino porque supieron arrepentirse y cambiar de vida.

Como ese hijo que no quería hacer la voluntad de su padre, pero al final hizo caso. Seamos nosotros como él, aunque muchas veces vivamos al margen de las enseñanzas de Jesús, corrijámonos y cambiemos de vida para que el Señor nos acoja junto a Él.

Pensando en mañana, corrígete hoy

Corrígete, hermano. ¿Temes que te acuse tu enemigo y no temes el juicio de Dios? ¿Dónde queda la fe? Teme mientras hay tiempo para temer. El día del juicio está ciertamente lejano, pero el día último de cada hombre en concreto no puede estar muy distante, puesto que la vida es breve. Y como la incertidumbre llega hasta el alcance de esa brevedad, desconoces cuándo te ha de llegar tu último día. Pensando en el mañana, corrígete hoy. Que te sea de provecho, incluso para ahora, la corrección en privado. Pues yo hablo en público, pero censuro en privado. Llamo a los oídos de todos, pero cito a juicio las conciencias de algunos. Si dijera: «Tú, que eres adúltero, corrígete», para empezar, quizá dijese algo que desconozco, o algo creído temerariamente, o algo que sospecho. No digo: «Tú, que eres adúltero, corrígete», sino: «Cualquiera que en esta comunidad cristiana sea adúltero corríjase». La reprensión es pública, pero la enmienda secreta. Estoy seguro de que quien haya sentido temor se corrige.

Yo sé, y conmigo lo sabe toda persona que lo haya reflexionado con un poco más de atención, que, puesto ante sus palabras, nadie que tema a Dios dejará de corregirse, a no ser alguien que piense que aún ha de vivir más. Eso es lo que mata a muchos que dicen «Mañana, mañana», pero la puerta se les cierra repentinamente.

El perdón

Quizá te digas a ti mismo: «Dios me ha prometido el perdón para cuando me corrija; estoy tranquilo; leo en la divina Escritura: En el día en que el malvado se convierta de todas sus maldades y obre justamente, yo olvidaré todas sus maldades. Estoy tranquilo; cuando me corrija, Dios me perdonará todas mis malas acciones». ¿Y qué voy a decir yo? ¿Voy a reclamar contra Dios? ¿Voy a decirle: «No le concedas el perdón»? ¿Voy a decirle que en la Escritura no se halla escrito eso, que Dios no prometió el perdón? Si esto dijera, añadiría una falsedad a otra. Dices bien, dices la verdad; Dios te prometió el perdón para cuando te corrijas; no lo puedo negar. Pero dime, te lo suplico; ve que estoy de acuerdo contigo, que te lo concedo y que reconozco que Dios te prometió el perdón, pero ¿quién te ha prometido el día de mañana?

Sermón 82, 12.14

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