
En la fiesta de la Presentación del Señor, cuando la Iglesia eleva con sus manos la Luz que no se apaga, se celebra la XXX Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Con ocasión de este día, el Prior General de la Orden de San Agustín, P. Joseph Farrell, se ha dirigido a todos los hermanos y hermanas de la Orden para felicitarles en este día e invitarles a dar testimonio de paz con su palabra y con su vida.
Prior General
«Es la paz de Cristo la que llena nuestros corazones -afirma el P. Joseph Farrell en su mensaje-, y puede traer la reconciliación en medio de la división, ser un bálsamo sanador para las relaciones heridas, fomentar el respeto por las diferencias y aportar sabiduría en tiempos de decisiones difíciles».
En su carta, el Prior General hace referencia a la importancia de compartir con gozo la vida y el valor que se da a la vida comunitaria. Y hace una invitación a ser creativos en el anuncio del Evangelio.
CONFER
La presidencia de la CONFER (Conferencia Española de Religiosos) también ha hecho público un mensaje, sumándose a su celebración con acogida, compromiso y gratitud.
El lema que se propone este año adquiere forma de pregunta: «Vida consagrada, ¿para quién eres?«.
«Si ahondamos en su sentido -señala el mensaje-, descubrimos que se trata de una cuestión evangélica que nace del corazón de Dios y se dirige a lo profundo de nuestra vocación. Es una pregunta que nos sitúa ante el Banquete del Reino y el corazón de la historia, ante el sigilo de nuestra consagración y el clamor concreto de los hombres y las mujeres de nuestro tiempo».
Enviados
El texto también señala que la vida consagrada no es para sí misma. Nació para entregarse y transparentar un modo de vivir y servir.
Los consagrados y consagradas lo son para Aquel que les llamó: «precisamente por eso somos enviados para los demás; sin barreras, sin prisas, sin distancias que sofoquen la razón de nuestro amor primero».
Carismas
El mensaje de la presidencia de Confer hacer una enumeración de aquellos que son el objetivo prioritario de su vocación:
- Somos para los que caminan sin rumbo, para quienes transitan los caminos de la vida con el cansancio acumulado y el corazón herido.
- Somos para los tristes, para los que han visto apagarse las promesas y se han acostumbrado a sobrevivir sin esperanza: los que lloran en secreto, los perdidos, los que no saben poner nombre a su dolor.
- Somos para los cansados, para quienes sostienen cargas que no eligieron y responsabilidades que nadie comparte. Somos para los que sirven sin reconocimiento, para los que cuidan sin ser cuidados, para los que han dado todo y sienten que apenas les queda nada.
- Somos para los que flojean en la fe, para los que rezan con miedo y dudan sin atreverse a confesarlo. Somos para los que no han perdido a Dios, pero sí el camino hacia Él. Somos presencia paciente, lámpara encendida en la noche, memoria viva de que Dios no se retira aunque el corazón se muera de frío.
- Somos para quienes viven atrapados en la desesperanza cotidiana, en la precariedad, en la exclusión y en la invisibilidad. Somos para los que ya no esperan nada de la Iglesia ni de la sociedad, pero siguen esperando –aun sin saberlo– un gesto de misericordia.
- Somos para los que viven en soledad, para quienes habitan casas llenas de silencio, para los que nunca son llamados por su nombre. Somos comunidad que acoge, fraternidad posible, signo humilde de que es posible vivir juntos desde la diferencia reconciliada.
- Somos para colaborar en redes que multiplican la vida y nos llevan a donde solos no podríamos llegar, entretejiendo esfuerzos con otros para que la esperanza encuentre caminos que ninguna congregación podría abrir por si sola.
Riqueza
Desde Confer, en esta jornada se quiere destacar que todos estos carismas, en su diversidad, son una riqueza ofrecida a la Iglesia como profecía vivida.
En una sociedad marcada por la fragmentación, el enfrentamiento, la polarización y la autorreferencialidad, vivir juntos –siendo profundamente distintos– no es sólo un estilo de vida: es un mensaje que hemos de ofrecer a la sociedad.
El mensaje culmina invitando a los religiosos a que la pregunta –«¿para quién eres?»– les acompañe en la oración, en el discernimiento y en el gobierno de las congregaciones: «Que no haya miedo de volver a la raíz, de escuchar el clamor de los últimos y de dejarnos desinstalar por el Espíritu. Que, siguiendo la estela confiada de Simeón y Ana, sepamos reconocer la salvación que Dios sigue poniendo en nuestras manos; y nos atrevamos a ofrecerla, sin reservar un solo instante, al corazón herido del mundo».
