Evangelio del XXII Domingo del T.O., según San Agustín

Hoy en el evangelio que acabamos de escuchar vemos cómo el Señor Jesús nos invita a que reneguemos de nosotros mismos, no como hizo Pedro, que quería un camino fácil, sin cruz, sin pasión. El Señor Jesús nos dice que no hay otro camino para seguirle a él que el camino de la renuncia de todo lo malo de este mundo, negar todo lo que nos cierra el paso a él, aunque algunas veces nosotros podamos ser el impedimento para caminar tras sus pasos.

No desperdiciemos nuestras vidas y sembremos lo que vamos a recoger el premio para la vida eterna. Es a esta vida a la que nos invita Jesús, a la que nos llama.

Negación

Veamos, pues, qué es el niéguese a sí mismo. Pues grande es, amadísimos hermanos, la recompensa que se nos propone. Acabamos de escuchar la confesión del bienaventurado mártir Cipriano: «Yo adoro a un único Dios, que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos».

Calla Dios, pero hablan sus obras. Ved a qué Dios, a cuál Dios; mejor, no tal o cual, sino simplemente el Dios en quien creyó Cipriano. ¿Qué significa, entonces, niéguese a sí mismo? Niégate. ¿Y qué significa esto? ¿Se te obliga a negar a Dios?

Niégate a ti, pero no niegues a Dios. No ames esta vida temporal y no te opongas a la vida eterna; más aún, cede ante la vida eterna para hacerte eterno también tú; niégate para confesar a Dios; niégate, hombre, para ser hecho como los ángeles; niégate, hombre mortal, para que, después de haber confesado a Dios, merezcas vivir por siempre. Advierte que amas la vida temporal: no quieres negarla a ella, pero quieres negar a Dios. Si Dios, a quien negaste y a quien no quisiste confesar, se aparta de ti, tendrás la vida temporal, que no quisiste negar.

Veamos, pues, por cuánto tiempo has de durar en esta vida. Llegará el mañana, y después del mañana, otro día, y después de muchos más llegará el fin. ¿Y adónde irás? ¿Adónde saldrás? Ciertamente, hacia Dios, a quien negaste. ¡Oh desgraciado e infeliz! Has negado a Dios y,
quieras o no, has perdido también la vida temporal.

Vida eterna

En efecto, esta vida, hermanos amadísimos, queramos o no, pasa, corre; neguémonos, pues, en esta vida temporal para merecer vivir por siempre. Niégate a ti, confiesa a Dios. ¿Amas tu alma? Piérdela. Pero me dirás: «¿Cómo voy a perder lo que amo?» Es lo que haces en tu casa. Amas el trigo, y esparces ese trigo que con tanto cuidado habías almacenado en tu granero, que con tanta fatiga de siega y trilla habías limpiado; ya guardado y limpio, cuando llega la sementera, lo arrojas, lo esparces, lo cubres de tierra para no ver lo que esparces. Mira cómo, por amor al trigo, esparces el trigo; esparce la vida por amor a la vida; pierde tu alma por amor a ella, puesto que, una vez que la hayas perdido por Dios en este tiempo, la encontrarás en el futuro para que viva eternamente. Esparce, pues, la vida por amor a la vida.

Sermón 313 D, 2

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