Evangelio del XVII Domingo del T.O., según San Agustín

Al comentar San Agustín este pasaje de la multiplicación de los panes, nos explica con ejemplos, ese maravilloso intercambio.

Al comentar San Agustín este pasaje de la multiplicación de los panes, nos explica con ejemplos, ese maravilloso intercambio. Él como buen mercader nos da lo que tiene: su vida; y nosotros le pagamos con nuestra humanidad con nuestros afanes tan humanos. Que gran intercambio recibimos, le damos nuestras miserias y flaquezas, recibimos su misma vida divina.

El pan

Volvamos al hacedor de estas cosas. Él es el pan que ha bajado del cielo, pero un pan que repara sin menguar él; un pan que se puede consumir sin que pueda consumirse. Este pan estaba figurado también en el maná. Por eso se dijo: Les dio pan del cielo; el hombre comió el pan de los ángeles. ¿Quién es el pan del cielo sino Cristo? Mas para que el hombre comiera el pan de los ángeles se hizo hombre el Señor de los ángeles, pues si no se hubiera hecho esto, no tendríamos su carne; y, si no tuviéramos su carne, no comeríamos el pan del altar. Apresurémonos por llegar a la herencia, dado que hemos recibido tan gran prenda de ella.

La vida

Hermanos míos, deseemos la vida de Cristo puesto que tenemos su muerte como prenda. ¿Cómo no va a darnos sus bienes quien ha sufrido nuestros males? En estas tierras, en este mundo malvado, ¿qué abunda sino el nacer, fatigarse y morir? Examinad las cosas humanas, y convencedme de lo contrario, si miento. Fijaos en cualquier hombre, y ved está aquí para otro fin que no sea nacer, fatigarse y morir. Tales son los productos de nuestro país; eso lo que abunda. A proveerse de tales mercancías bajó del cielo el divino Mercader. Y, puesto que todo mercader da y recibe: da lo que tiene y recibe lo que no tiene, da dinero y recibe lo comprado, también Cristo dio y recibió en esta operación comercial. Pero ¿qué recibió? Lo que abunda entre nosotros: nacer, fatigarse y morir.

Gracias

Y ¿qué dio? Renacer, resucitar y reinar por siempre. ¡Oh Mercader bueno, cómpranos! Mas ¿a qué decir cómpranos, si lo que debemos hacer es darte gracias por habernos comprado? Nos das el precio pagado por nosotros: bebemos tu sangre; nos das, pues, el precio pagado por nosotros. También leemos el evangelio, nuestro documento oficial. Siervos tuyos somos, somos criaturas tuyas: tú nos hiciste y nos redimiste. Un esclavo puede comprarlo cualquiera, crearlo no; el Señor, en cambio, creó y redimió a sus siervos: los creó para que existiesen, los redimió para que no fuesen siempre cautivos.

Redentor

Efectivamente, vinimos a dar en manos del príncipe de este mundo, que sedujo a Adán y le esclavizó a él, y comenzó a poseernos como si fuéramos esclavos suyos de nacimiento. Pero vino el Redentor, y fue vencido el seductor. Y ¿qué hizo nuestro Redentor al que nos tenía cautivos? Para rescatarnos convirtió su cruz en un cepo en el que puso como cebo su sangre. El seductor, sin embargo, pudo derramar su sangre, pero no mereció beberla. Y por el hecho de haber derramado la sangre de quien nada le debía, se le ordenó restituir a sus deudores; derramó la sangre de un inocente, se le ordenó alejarse de los culpables. El Redentor, en efecto, derramó su sangre para borrar nuestros pecados. Así, pues, su sangre destruyó aquello por lo que aquel nos tenía sujetos.

De hecho, no estábamos sujetos a él si no por los lazos de nuestros pecados. Ellos eran las cadenas de nuestra cautividad. Vino el Redentor, ató al fuerte con los lazos de su pasión, entró en su casa, es decir, en los corazones de aquellos en que moraba, y le arrebató sus vasos. Nosotros somos esos vasos, que él había llenado de su amargura, amargura que dio también a beber a nuestro Redentor con la hiel. Por tanto, él nos había llenado a nosotros como si fuésemos vasos suyos: a su vez, nuestro Señor al arrebatarle los vasos y hacerlos propios vertió la amargura y los llenó de dulzura.

Sermón 130, 2

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