Evangelio del VII Domingo de Pascua, según San Agustín

 San Agustín invita a que descubramos cómo el Señor ascendió al cielo para mostrar que, donde está Él, estamos invitados a ir nosotros.

En este domingo celebramos la Ascensión del Señor a los cielos. San Agustín reflexiona sobre este hecho y nos invita a que descubramos cómo nuestro Señor ascendió al cielo para darnos la esperanza de que, donde está Él, estamos invitados a ir nosotros: porque estamos salvados en esperanza, en la esperanza de ir con Él. Cristo es la cabeza del gran cuerpo de la Iglesia, y el cuerpo no puede estar sin su cabeza. Por eso, Dios por su amor nos regala el camino para reunirnos con Él para que nuestra esperanza se convierta en realidad.

Ascensión

Hoy celebramos la ascensión del Señor al cielo. No escuchemos en vano las palabras: «Levantemos el corazón», y subamos con él con corazón íntegro, según lo que enseña y dice el Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está sentado Cristo a la derecha del Padre; gustad las cosas de arriba, no las de la tierra. Exista en la tierra la actividad necesaria, y en el cielo el deseo de ascender. Aquí la esperanza, allí la realidad. Cuando poseamos la realidad allí, no habrá esperanza ni aquí ni allí; no porque la esperanza carezca de contenido, sino porque deja de existir ante la presencia de la realidad. Oíd también lo que dijo el Apóstol acerca de la esperanza: Hemos sido salvados en esperanza.

Esperanza

Mas la esperanza que se ve no es esperanza, pues lo que uno ve, ¿cómo lo espera? Pero, si esperamos lo que no vemos, por la paciencia lo esperamos. Prestad atención a la misma realidad humana y considerad que si alguien espera tomar mujer es porque aún no la tiene. Pues si ya la tiene, ¿qué espera? Toma efectivamente como mujer a la que esperaba, y dejará ya de esperar. La esperanza llega a su feliz término cuando se hace presente la realidad. Todo forastero espera llegar a su patria; mientras no está en ella, sigue esperándola; mas, una vez que haya llegado, deja de esperarla. A la esperanza le ha sucedido la realidad. La esperanza llega a su feliz término cuando se alcanza lo que se esperaba. Por tanto, amadísimos, ahora habéis oído la invitación a levantar el corazón; al mismo corazón se debe que pensemos en aquella vida futura. Vivamos santamente aquí para vivir allí.

Ved cuán grande fue la condescendencia de nuestro Señor. Quien descendió hasta nosotros, puesto que habíamos caído de él. Mas, para venir a nosotros, él no cayó, sino que descendió hasta nosotros. Por tanto, si descendió hasta nosotros, nos ha elevado. Nuestra cabeza nos ha elevado ya en su cuerpo; adonde está él le siguen también los miembros, puesto que adonde se ha dirigido antes la cabeza han de seguirle también sus miembros. Él es la cabeza, nosotros somos los miembros. Él está en el cielo, nosotros en la tierra. ¿Está como lejos de nosotros? En ningún modo. Si piensas en términos espaciales, está lejos; pero, si piensas en términos de amor, está con nosotros. En efecto, si él no estuviese con nosotros, no hubiese dicho en el Evangelio: Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del mundo. Si él no está con nosotros, soy un mentiroso cuando os digo: «El Señor está con vosotros».

Sermón 395

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