Evangelio del VI Domingo del Tiempo Ordinario, según San Agustín

El evangelio habla de la curación de este leproso que, con gran confianza, le pide a Jesús por su curación.

Hoy en el evangelio leemos la curación de este leproso que, con gran confianza, le pide a Jesús por su curación. San Agustín también nos invita a que pidamos a Dios por nuestra salud, pero sin olvidarnos nunca que Dios nos prometió la vida eterna, no una vida en la tierra libre de la enfermedad. Por eso, pidamos como creyentes, confiemos en el amor de Dios y en la vida eterna que Él nos prometió, vivir felices para siempre en Él.

La vida eterna

Para empezar, interroguen su corazón y vean si piden con fe. Quien pide con fe, para su utilidad recibe y para su utilidad alguna vez no recibe. Cuando no sana el cuerpo, quiere sanar el alma. Admite, por tanto, que te conviene lo que quiere quien te llamó al reino eterno. Pues, ¿qué es eso que deseas como un gran bien? Te prometió la vida eterna, te prometió reinar con los ángeles, te prometió un descanso sin fin. ¿Qué es lo que ahora no te concede? ¿No es vana la salud de los hombres? ¿No han de morir con toda certeza los que son curados? Cuando llegue esa muerte, todas aquellas cosas pasadas se desvanecerán como el humo.

En cambio, cuando llegue la vida que se te ha prometido, ciertamente no tendrá ya fin. Para esta te equipa quien ahora te niega algo; con vistas a ella te prepara y te instruye. Y si has recibido la curación porque tuviste fe y pediste -no es indecoroso pedir, aunque por nuestra utilidad a veces no se concede lo pedido-, acéptala y usa bien de ella. ¿No le conviene estar enfermo a quien, una vez curado, se va a entregar a la lujuria? Por tanto, cuando hayas recibido la salud temporal, haz buen uso de ella, de manera que con lo que te dio sirvas a quien te lo dio.

No juzguéis

Y no te antepongas a quién tal vez pidió y no recibió, diciendo en tu corazón: «Yo tengo más fe que él». Respecto a esto acabas de oír en el Evangelio: No juzguéis y no seréis juzgados. ¿A qué se refiere el no juzguéis, sino a las cosas ocultas? Pues ¿a quién se prohíbe juzgar de las cosas manifiestas, si dice la Escritura en otro lugar: Las cosas manifiestas para vosotros; las ocultas, en cambio, para el Señor vuestro Dios?

Es decir, permitíos juzgar las cosas que son manifiestas; las que están ocultas, dejadlas a vuestro Dios. ¿Cómo sabes que al que tal vez pidió y no recibió no se le negó esta salud temporal porque es más fuerte que tú? «Pidió y no recibió». «Pero ¿qué pidió?» «La salud corporal». «Tal vez su fe es más fuerte que la tuya, y esa es la causa por la que tú recibiste lo que pedías, porque si no lo recibías, desfallecías.

Tampoco esto lo he asegurado; he dicho «tal vez» para no hacer yo lo que acabo de prohibir, para no osar emitir un juicio sobre cosas ocultas». Alguna vez, por tanto, no recibió porque pidió sin fe; otras veces no recibió porque es más fuerte que tú, para así ser ejercitado en la paciencia, como dijimos refiriéndonos al Apóstol. Era más fuerte, pero no perfecto aún, razón por la que escuchó: La virtud se hace perfecta en la debilidad.

Sermón 61 A, 5

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