Evangelio del VI Domingo de Pascua, según San Agustín

El Evangelio del VI Domingo de Pascua invita a los creyentes a amar, a amar a Dios y a permanecer en su amor.

En este domingo el Evangelio nos invita a amar, a amar a Dios y permanecer en su amor. Ésta es la gran diferencia del amor humano, no toma como modelo a una persona sino a Dios. Para el seguidor de Jesucristo, el modelo del amor es cómo nos amó Dios: como yo os he amado. Al amar a Dios estamos obligados a amar a todos los hermanos porque es cómo ama Dios, a todos, sin distinciones. Bonito reto que nos plantea Dios para nuestras vidas.

Pues bien, porque aquí ha dicho así: Éste es mi mandato, como si no hubiera otro, ¿qué suponemos, hermanos míos? ¿Por casualidad su mandato se refiere sólo a esa amistad con que nos queremos mutuamente? ¿Acaso no hay también otro mayor: que queramos a Dios? ¿O, de hecho, Dios nos ha dado mandatos respecto a sola la amistad, de forma que no necesitemos otros? El Apóstol encarece ciertamente tres cosas, al decir: Pues bien, permanecen la fe, la esperanza, la caridad, estas tres cosas; ahora bien, la mayor de éstas es la caridad. Aunque en la caridad se encierran los dos preceptos, se dice en cambio que ella es la mayor, no la única.

La caridad

Por tanto, los muchísimos mandatos que tenemos respecto a la fe, los muchísimos que tenemos respecto a la esperanza, ¿quién puede recogerlos todos?, ¿quién dar abasto a enumerarlos? Pero miremos lo que afirma idéntico Apóstol: Plenitud de la Ley, la caridad. Donde está la caridad, ¿qué es lo que puede faltar? En cambio, donde no está, ¿qué es lo que puede aprovechar? El demonio cree, mas no ama; nadie que no cree ama. En efecto, quien no ama puede esperar perdón, pero en todo caso en vano; en cambio, nadie que ama puede desesperar. Así pues, donde hay caridad, allí hay inevitablemente fe y esperanza, y donde hay amor al prójimo, también allí hay inevitablemente amor a Dios.

Por cierto, existen el impío y el inicuo; ahora bien, quien quiere a la iniquidad, lisa y llanamente no quiere a su alma, sino que la odia. Mantengamos, pues, este precepto del Señor, el de que nos queramos mutuamente, y cumpliremos cualquier otro que haya preceptuado, porque aquí tenemos cualquier otro que haya.

Por cierto, en ese amor se distingue del amor con que en cuanto hombres se quieren los hombres, porque para distinguirla está añadido: Como os quise. En efecto, ¿para qué nos quiere Cristo sino para que podamos reinar con Cristo? Querámonos, pues, mutuamente también nosotros para esto: para que nuestro amor lo distingamos de los demás que, porque ni siquiera aman, no se quieren mutuamente para esto. En cambio, quienes se quieren para poseer a Dios, esos mismos se quieren; quieren, pues, a Dios para quererse. No está en todos los hombres esta caridad; pocos se quieren precisamente para que Dios sea todo en todos.

Comentario al Evangelio de san Juan 83, 3

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