Evangelio del III Domingo del T.O., según San Agustín

En el Evangelio de hoy, San Pablo invita a que reconozcamos que en la Iglesia hay muchos miembros, pero que todos formamos un único cuerpo.

En el Evangelio de hoy, San Pablo invita a que reconozcamos que en la Iglesia hay muchos miembros, pero que todos formamos un único cuerpo. Todos somos diferentes, pero todos, por pequeños que seamos, somos necesarios para la construcción de la Iglesia.

San Agustín ofrece una buena reflexión, a raíz de este pasaje, en estos momentos en que nos encontramos trabajando la Sinodalidad, con el objetivo de aprender a caminar juntos dentro de la Iglesia. Descubramos que todas las opiniones son necesarias para ir haciendo de nuestra Iglesia, una Iglesia de comunión, participación y misión.

Diferentes miembros

Así, pues, hermanos, vemos que cada miembro, en su competencia, realiza su tarea propia, de forma que el ojo ve, pero no actúa; la mano en cambio actúa, pero no ve; el oído oye, pero no ve ni actúa; la lengua habla, pero ni oye ni ve; y aunque cada miembro tiene funciones distintas y separadas, unidos en el conjunto del cuerpo tienen algo común entre todos. Las funciones son distintas, pero la salud es única.

Un único cuerpo

En los miembros de Cristo, la caridad es lo mismo que la salud en los miembros del cuerpo. El ojo está colocado en el lugar mejor, en el más destacado, puesto como consejero en la ciudadela, para que desde ella mire, vea y advierta. Gran honor el de los ojos, por su ubicación, por su sensibilidad más aguda, por su agilidad y por cierta fuerza que no tienen los restantes miembros.

Así ves que en la Iglesia un hombre tiene algún don pequeño y, con todo, tiene la caridad; quizá veas en la misma Iglesia a otro más eminente, con un don mayor, que, sin embargo, no tiene caridad. Sea el primero el dedo más alejado, y el segundo el ojo; el que pudo obtener la salud, ése es el que está más integrado en el conjunto del cuerpo. Finalmente, es molestia para el cuerpo entero cualquier miembro que en él enferme, y, en verdad, todos los miembros aportan su colaboración para que sane el que está enfermo y la mayor parte de las veces sana. Pero si no hubiera sanado y la mucha podredumbre producida indicase la imposibilidad de ello, de tal modo se mira por el bien de todos que se le separa de la unidad del cuerpo.

Sermón 162/A, 6

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