Evangelio del III Domingo de Pascua, según San Agustín

El Evangelio del III Domingo de Pascua muestra otra aparición de Jesús Resucitado, que se sienta a comer con sus discípulos.

En este III Domingo de Pascua vemos otra aparición de Cristo Resucitado. Y llama la atención cómo para animar la fe de los discípulos, el Resucitado come con ellos. No es un fantasma, es alguien real. San Agustín nos explica que el mismo Cristo Jesús lo comunicó a sus discípulos en vida, que él debía resucitar.

Y ahora, ya en Pascua, lo ven resucitado, pero que es él mismo: ved mis manos, ved mis pies… un espíritu no tiene carne. Pero Cristo resucitado sí. Fue la carne la que murió y es la que resucitó. Creamos al Esposo, al que se dio a la Iglesia para fortalecer nuestra fe.

No han faltado, ni faltan quienes se engañan, respecto a Cristo el Señor, creyendo que no tuvo verdadera carne. Escuchen lo que acabamos de oír. Él está en el cielo, pero se deja oír aquí; está sentado a la derecha del Padre, pero conversa con nosotros. Indique él quién es, manifiéstese a sí mismo; ¿qué necesidad tenemos de buscar otro testigo para que nos hable de él? Escuchémosle a él mismo. Se apareció a sus discípulos, presentándose de forma repentina en medio de ellos. Lo oísteis cuando se leyó. Ellos se sintieron turbados y creían que estaban viendo un espíritu.

¿Qué piensas tú sino lo que aprendiste de su boca? En efecto, no has podido encontrar mejor testimonio sobre él que el dado por él mismo. ¿Qué piensas, pues, tú? Tú aprendiste que Cristo constaba de la Palabra, alma humana y carne humana. ¿Qué aprendiste acerca de la Palabra? En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios; ésta existía al principio junto a Dios. ¿Qué aprendiste referente a su espíritu humano? E, inclinada la cabeza, entregó su Espíritu. ¿Qué te enseñó respecto a la carne? Escúchalo.

Perdona a quienes piensan ahora lo que antes pensaron equivocados los discípulos; equivocación en la que, sin embargo, no permanecieron. Los discípulos pensaron lo mismo que hoy piensan los maniqueos, los priscilianistas, a saber, que Cristo el Señor no tenía carne verdadera, que era solamente un espíritu. Veamos si el Señor los dejó errar. Ved que el pensar eso es un perverso error, pues el médico se apresuró a curarlo y no lo quiso confirmar. Ellos, pues, creían estar viendo un espíritu; pero ¿qué dijo para erradicar esos pensamientos de sus corazones quien sabía lo dañinos que eran? ¿Por qué estáis turbados? ¿Por qué estáis turbados y suben esos pensamientos a vuestro corazón? Ved mis manos y mis pies; tocad y ved, que un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.

Contra cualquier pensamiento dañino, venga de donde venga, agárrate a lo que has recibido; de lo contrario, estás perdido. Cristo, la Palabra verdadera, el Unigénito igual al Padre, tiene verdadera alma humana y verdadera carne, aunque sin pecado. Fue la carne la que murió, la que resucitó, la que colgó del madero, la que yació en el sepulcro y ahora está sentada en el cielo. Cristo el Señor quería convencer a sus discípulos de que lo que estaban viendo eran huesos y carne; tú, sin embargo, le llevas la contraria. ¿Es él quien miente y tú quien dice la verdad? ¿Eres tú quien edifica y él quien engaña? ¿Por qué quiso convencerme Cristo de esto sino porque sabía qué me es provechoso creer y qué me es dañino no creer? Creedlo, pues, así; él es el esposo.

Sermón 238, 2

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