Evangelio del II Domingo de Pascua, según San Agustín

En este Domingo II de Pascua, Domingo de la Misericordia de Dios, vemos como Jesús se aparece a los discípulos.

En este Domingo II de Pascua, Domingo de la Misericordia de Dios, vemos como Jesús se aparece a los discípulos, pero Tomás no está. Por eso no cree en la resurrección de Jesús. No le bastaba las palabras de los otros discípulos, necesitaba tocar con sus manos. Por eso San Agustín nos explica que Jesús al resucitar dejó sus cicatrices para que pudiéramos creer, para que éstas curaran nuestras heridas, las heridas que provoca nuestros pecados, nuestras indiferencias, nuestra falta de amor. Cristo Resucitado es la Palabra eterna que cura, que nos salva, que nos abre las puertas de la Vida Eterna.

Habéis oído cómo el Señor alaba más a los que creen sin haber visto que a los que creen porque han visto y hasta han podido tocarle. En efecto, cuando el Señor se apareció a sus discípulos, el apóstol Tomás estaba ausente y, al oír de boca de ellos que Cristo había resucitado, les dijo: Si no meto mi mano en su costado, no creeré. ¿Qué hubiera pasado, entonces, si el Señor hubiese resucitado sin las cicatrices? ¿O es que no podía haber resucitado su carne sin que quedaran en ella rastros de las heridas? Lo podía; pero, si no hubiese conservado las cicatrices en su cuerpo, no hubiera sanado las heridas en nuestro corazón.

Al tocarle, lo reconoció. Le parecía poco verlo con los ojos; quería creer con los dedos. «Ven -le dijo-: mete aquí tus dedos; no suprimí toda huella, sino que dejé algo te lleve a la fe; mira también mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente».

Mas tan pronto como le manifestó aquello sobre lo que aún le quedaba duda, exclamó: ¡Señor mío y Dios mío! Tocaba su carne, proclamaba su divinidad. ¿Qué tocó? El cuerpo de Cristo. ¿Acaso el cuerpo de Cristo era la divinidad de Cristo? La divinidad de Cristo era la Palabra; la humanidad, el alma y la carne.

Él no podía tocar ni siquiera al alma, pero podía advertir su presencia, puesto que el cuerpo antes muerto, ahora se movía vivo. Aquella Palabra, en cambio, ni se cambia ni se la toca, ni decrece ni acrece, puesto que en el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Esto proclamó Tomás: tocaba la carne e invocaba la Palabra, porque la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

Sermón 145 A

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