Evangelio del I Domingo de Adviento, según San Agustín

n el primer domingo de Adviento, vemos como Jesús invita a estar en vela porque no sabemos cuándo viene el señor que se fue de viaje.

En este primer domingo de Adviento, vemos como el Señor Jesús en su Evangelio nos invita a vigilar, a estar en vela porque no sabemos cuándo viene el señor que se fue de viaje. Es una frase que nos invita a no quedarnos dormidos, a no creer que todo da igual. No es así.

El Señor vino, viene y vendrá. Por eso, San Agustín nos explica cómo Jesucristo viene cada día a su Iglesia, se hace presente en medio de nosotros para darnos aliento y seguir viviendo bien nuestra vida cristiana. No podemos echarnos a dormir pensando que ya nos encontraremos con Él en nuestra muerte. En cada Navidad celebramos su venida, pero en cada día podemos vivir la experiencia de un Dios que se acerca a nosotros, a nuestras vidas y nos invita a vivir como vivió Él.

Con gran poder y majestad

Y entonces verán al Hijo del hombre venir sobre una nube con gran poder y majestad. Veo que eso puede entenderse en dos sentidos. Puede venir sobre la Iglesia como sobre una nube, igual que ahora no cesa de venir, según lo que dijo: Ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Padre viniendo sobre las nubes del cielo. Pero entonces vendrá con gran poder y majestad, porque aparecerán más su poder y majestad divinas en los santos a los que les aumentó la fortaleza para que no sucumbieran en tan grande persecución.

Puede entenderse también que viene en su cuerpo, en el que está sentado a la derecha del Padre, en el que también murió, resucitó y subió al cielo, según lo que está escrito en los Hechos de los Apóstoles: Dicho esto, una nube le recibió y le ocultó de sus ojos. Y como allí mismo los ángeles dijeron: Así volverá, como le habéis visto ir al cielo, tenemos motivos para creer que vendrá no sólo en su cuerpo, sino también sobre una nube; vendrá como fue, y al irse, lo hizo sobre una nube.

Sabremos que está cerca

Luego sabremos que está cerca cuando veamos todas estas cosas y no sólo algunas; y entre ellas está esa de ver al Hijo del hombre venir, y enviar a sus ángeles, y reunir a sus elegidos de las cuatro partes del mundo, es decir, de todo el mundo. Todo eso lo hace a lo largo de la hora última cuando el Señor venga, o bien en sus miembros como sobre las nubes o bien en toda la Iglesia, que es su Cuerpo, como sobre una nube grande y fértil que se viene extendiendo por todo el mundo desde que Él comenzó a predicar y decir: Haced penitencia, porque se acerca el reino de los cielos.

Luego quizá todas esas señales que los evangelistas dan de su venida, si se comparan y examinan con mayor urgencia, puedan referirse a la venida que el Señor realiza cada día en su Iglesia, en su Cuerpo, de cuya venida dijo: Ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder venir sobre las nubes del cielo.

Exceptúo aquellos pasajes en que promete y afirma que se acerca su venida última en sí mismo, cuando vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, y la parte final de las palabras de Mateo, en que se refiere evidentemente a esa venida, de cuya inminencia daba antes ciertas señales. Porque Mateo acaba así: Cuando venga el Hijo del hombre en su majestad y todos los ángeles con El, entonces se sentará sobre el trono de su majestad. Nadie duda que toda esa predicción se refiere a la última venida de Cristo y al fin del siglo.

La venida de Cristo

No han faltado algunos que con una sensata reflexión han pretendido persuadir que aquellos dos grupos de cinco vírgenes han de referirse a la venida de Cristo, que actualmente se realiza por la Iglesia. Pero hay que abstenerse aquí de afirmaciones atrevidas, no sea que se presenten otros argumentos que las contradigan. Sobre todo, teniendo en cuenta que, respecto a las obscuridades presentes en las palabras divinas, con las que a Dios le agradó ejercitar nuestras inteligencias, no sólo hay unos expositores más agudos que otros en exponer razonablemente las Sagradas Escrituras, sino que el mismo expositor las entiende unas veces mejor que otras.

Carta 199, 41.45

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