Evangelio del Domingo de Ramos, según San Agustín

En la lectura de la Pasión del Señor, que leemos en el Domingo de Ramos, ayuda a preparar a la Semana Santa.

En la lectura de la Pasión del Señor, que leemos en el Domingo de Ramos, nos ayuda a prepararnos a estos días de la Semana Santa. Jesús en su cruz nos enseña a vivir bien nuestra fe, porque Él, desde su cruz, nos habla de amor, de perdón, de misericordia. Palabras que a nosotros nos cuesta vivir, y más en esos momentos de pasión y muerte. Abrámonos al misterio del amor de Dios, que nos quiere sanar, acompañar en nuestros sufrimientos, en nuestros dolores, porque Él lo vivió primero en sus propias carnes. Acompañemos el dolor del mundo sabiendo ser misericordiosos como Dios es misericordioso con nosotros.

Padeció

Cristo quiso padecer por nosotros. Dice el apóstol Pedro: Padeció por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. Te enseñó a padecer, y te enseñó padeciendo él. Poca cosa serían sus palabras si no las hubiera acompañado su ejemplo. ¿Cómo nos enseñó, hermanos? Pendía de la cruz, y los judíos se ensañaban contra él; estaba sujeto con ásperos clavos, pero no perdía la dulzura.

Ellos se ensañaban, ladraban en torno a Él y le insultaban cuando pendía de la cruz. Locos furiosos, le atormentaban en todo su cuerpo a Él, cual único y supremo médico. Estando Él colgado, los sanaba. Padre – dice -, perdónales, porque no saben lo que hacen. Pedía, y, con todo, pendía; no descendía, porque iba a convertir su sangre en medicamento para aquellos locos furiosos. Dado que no pudieron resultar vanas las palabras suplicantes del Señor, ni su misericordia que las escuchaba, después de su resurrección sanó a los dementes en grado supremo que había tolerado en la cruz. Ascendió al cielo, envió al Espíritu Santo.

Se manifestó

Pero después de resucitado no se manifestó a todos, sino sólo a sus fieles discípulos, para no dar la impresión de que quería burlarse de quienes le habían dado muerte. Era más importante enseñar la humildad a los amigos que echar en cara a los enemigos la verdad.

Resucitó

Resucitó, y de esta forma hizo más de lo que le pedían no desde la fe, sino en plan de burla, cuando le decían: Si es Hijo de Dios, baje de la cruz. Quien no quiso descender del madero, resucitó del sepulcro. Subió al cielo, desde allí envió al Espíritu Santo; llenó de él a los discípulos, corrigió a los temerosos y les infundió confianza. El pavor de Pedro se convirtió repentinamente en fortaleza para predicar. ¿De dónde le vino esto al hombre?

Pedro

Busca al Pedro que presume y lo hallarás negándolo; busca a Dios que le ayuda, y hallarás a Pedro que lo anuncia. Por un momento tembló su flaqueza para derrotar su presunción, no para destruir la piedad. Lo llena del Espíritu Santo, y convierte en valeroso predicador al presuntuoso al que había predicho: Me negarás tres veces. Pedro, en efecto, había presumido de sus fuerzas; no del don de Dios, sino de su libre voluntad. Le había dicho: Iré contigo hasta la muerte. En su abundancia había dicho: No me moveré nunca jamás.

Pero el que, por propia voluntad, había dado vigor a su hermosura, retiró su rostro, y aquel quedó lleno de turbación. El Señor apartó su rostro: manifestó a Pedro al mismo Pedro; pero luego volvió a él sus ojos y afianzó a Pedro sobre la piedra.

Anunciemos

Imitemos, pues, hermanos míos, el ejemplo de la pasión del Señor en cuanto podamos. Podremos realizarlo si le pedimos ayuda; no adelantándonos como el presuntuoso Pedro, sino yendo tras él y orando como Pedro progresando ya. Poned, pues, atención a lo que dice el evangelista cuando Pedro negó al Señor tres veces: Y el Señor le miró, y Pedro se acordó. Por tanto, el Señor le miró no con el cuerpo, sino con su majestad; no con la mirada de los ojos de carne, sino con su soberana misericordia. Ved ahora a Pedro, lavado en sus propias lágrimas, corregido y levantado, entregado a la predicación. El que lo había negado, ahora lo anuncia; creen quienes se habían encontrado en el error.

Sermón 284, 6

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