
Las Fraternidades Agustinianas Laicales de España y Portugal han celebrado su encuentro anual en el Santuario de Fátima, en Portugal, del 21 al 23 de marzo. Una gran familia que reunió a 100 de sus miembros, que se sintieron acogidos bajo el manto de la Madre, Nuestra Señora de Fátima, la Señora de luz que se apareció a los tres pastorcitos para guiarles en su camino y en el de todos los hombres. El viaje lo han coordinado Marisa Puente y el P. Isidro Labrador, OSA, en representación del Secretariado de Laicos y Familia de la Provincia agustiniana de San Juan de Sahagún.
Explica Marisa Puente que las Fraternidades Agustinianas son el lugar en el que vivir la espiritualidad agustiniana, donde fomentar la interioridad y la comunidad: «Es el lugar de crecimiento y de aprendizaje, donde buscar la fe y encontrar a Dios. La Fraternidad nos ayuda a realizar el peregrinaje de la vida hacia la meta, que es Dios, que está en nuestro interior. Nos da la orientación en el camino, nos sostiene, nos alienta. La Fraternidad es donde vivir con un solo corazón y una sola alma orientados hacia Dios».
Ser fraterno es sentir a los demás como hermanos. Por tanto, pertenecer a una Fraternidad significa ampliar el sentido de familia. Es encontrar el lugar en el que compartir lo más íntimo de la vida, con la certeza de que será bien acogido, de que nadie será juzgado y, lo más importante, con la certeza de que cada uno de los hermanos se preocupará por el otro, como en una verdadera familia cristiana.
Con este espíritu se celebró el Encuentro de Fraternidades Agustinianas Laicales.
Llegada
La acogida en la residencia de Fátima, a pesar de la lluvia intensa de ese momento, fue muy buena. El P. Miguel Ángel Sangregorio, OSA, organizó el reparto de habitaciones y dio las indicaciones para el día siguiente. La llegada y acogida se convirtió en el primer momento de encuentro entre las fraternidades de ambos países.
El encuentro se celebró con el lema «Peregrinos de Esperanza» y tuvo tres sesiones de trabajo. Los participantes, además, celebraron juntos el Vía Crucis y la Eucaristía dominical.
Peregrinar
Las sesiones, conducidas por el P. Miguel, profundizaron en los conceptos de peregrinación y esperanza. El punto de partida fue el pasaje en el que Abraham descubre el camino por hacer (Gn 12, 1-4) y donde se pone de manifiesto la necesidad de ir más allá de donde nos encontramos, de estar siempre en búsqueda. Todo camino implica un riesgo. Mientras llega la meta surgen preguntas: qué camino he recorrido, qué derrotas he vivido, qué expectativas tengo.
Marisa Puente recuerda que peregrinar es retornar a Dios. Algo que conlleva confianza y esperanza de encontrar algo mejor. El camino exterior transcurre en paralelo al camino interior, lo que permite mayor autoconocimiento y crecimiento personal.
La esperanza
En las sesiones de formación se subrayó también la idea de que la esperanza cristiana se basa en la promesa de Dios y en la resurrección. Por otra parte, se insistió en que la falta de vida interior quita la esperanza.
«San Agustín nos dice que Dios nos ve y cree en nosotros -señala Marisa-. La esperanza es la seguridad de que todo tiene un sentido, no es el optimismo de que todo va a salir bien».
Al profundizar un poco más en todo esto se vio que la inquietud y el desencanto están en muchos casos, en el origen de un camino.
Por otra parte, se comentó que la falta de esperanza es vivir en el infierno. Y, ya en clave agustiniana, el ponente recordó que para San Agustín, la manera de reencontrar la esperanza es recuperando la memoria, para trabajar un futuro con la posibilidad de empezar un camino nuevo, sabiendo que la única esperanza es la misericordia de Dios.
Una de las principales conclusiones del Encuentro de Fraternidades Agustinianas Laicales es la vivencia de la esperanza como actitud eminentemente cristiana y, a su vez, la dificultad de vivir con una visión desesperanzada.
«El cristiano tiene una esperanza que no es de este mundo -afirma M. Puente-. Nuestra principal tarea es vivir eternamente con Dios. Cristo es el motor de la esperanza. La Eucaristía del domingo, en la Capilla de la Resurrección, fue una acción de gracias por habernos encontrado, por haber vivido en familia y por haber unido nuestros corazones hacia Dios. También el rezo del Rosario, el sábado por la noche junto a peregrinos de todo el mundo, fue un momento de esperanza, en el que rezar con hermanos de otros países y pedir protección a la Virgen».
Las Fraternidades Agustinianas Laicales de España volvieron a casa agradecidos a los hermanos portugueses, que tanto han trabajado para que este retiro de Cuaresma pudiera celebrarse.





