
El pasado mes de julio, cuatro jóvenes de los colegios agustinos de Loiu (Vizcaya) y Sevilla han vivido una experiencia de voluntariado en República Dominicana. Rosa, Rosa, Belén y Teresa compartieron tres semanas con niños, niñas y familias de La Vega, colaborando en proyectos educativos y sociales de COPADESA y descubriendo que el voluntariado es, sobre todo, una oportunidad para escuchar, aprender y dejarse transformar por los demás.
Del 4 al 27 de julio, cuatro jóvenes viajaron hasta La Vega, en República Dominicana, para participar en una experiencia de voluntariado junto a la organización COPADESA. Tres de ellas, Rosa, Rosa y Belén, partieron del colegio Padre Andrés de Urdaneta de Loiu (Vizcaya), mientras que Teresa se incorporó al grupo desde Sevilla. Durante tres semanas compartieron su tiempo con niños, niñas, familias y voluntarios de distintas comunidades, participando en actividades educativas y colaborando en proyectos sociales.
Desde el primer día comprendieron que aquella experiencia iba a ser mucho más que una oportunidad para ayudar. Llegaban con ganas de aportar, pero pronto descubrieron que el voluntariado también consiste en escuchar, conocer otras realidades y dejarse enseñar por las personas que salen al encuentro.
Jugar y crear vínculos
La primera semana transcurrió en la comunidad de Las Yayas, en el colegio Joaquín García. Allí organizaron a los niños y niñas en tres grupos de edad, de 4 a 10 años, de 10 a 14 y de 14 a 17, para desarrollar distintas actividades educativas y de ocio.
Las jornadas combinaron ejercicios de lectura, escritura, matemáticas e inglés con manualidades y juegos. El objetivo era ofrecer a los participantes una manera diferente de aprender, en un ambiente de convivencia y diversión. Sin embargo, más allá de las actividades preparadas, lo que fue adquiriendo mayor importancia fueron los vínculos que se crearon con los niños y niñas.
«Poco a poco, lo que al principio eran caras desconocidas se fueron convirtiendo en nombres, historias, risas y momentos que empezaban a formar parte de nuestra experiencia», recuerdan las jóvenes.
La semana terminó con una fiesta del agua en la que también participaron los bomberos de la localidad. Fue una jornada llena de juegos y diversión que puso el broche final a los primeros días de convivencia.
La segunda semana se trasladaron a Barrancas, donde continuaron su labor en la escuela Liceo Padre Fantino. Mantuvieron una dinámica de trabajo similar, adaptando las actividades a los diferentes grupos de edad. Cada comunidad les ofreció nuevas experiencias y les permitió acercarse un poco más a la realidad de los niños y niñas.
Las clases, las conversaciones espontáneas y los juegos compartidos fueron creando espacios de confianza. Las voluntarias comprobaron que, muchas veces, los momentos más significativos no estaban en las actividades que habían preparado, sino en los pequeños encuentros cotidianos que les permitían conocer las historias de quienes tenían delante.
La labor de COPADESA
La tercera semana les ofreció la oportunidad de descubrir más profundamente el trabajo que desarrolla COPADESA en las distintas comunidades. Durante esos días dejaron las aulas para conocer algunos de sus proyectos sociales y colaborar directamente en ellos.
Uno de los programas que conocieron fue «NND», Ningún Niño Desnutrido. Primero participaron en la preparación y el almacenamiento de alimentos y, al día siguiente, colaboraron en su reparto, llevando comida de casa en casa y de una comunidad a otra.
También ayudaron a preparar las bolsas de material escolar que la organización entrega cada año a los niños y niñas apadrinados. Además, conocieron el proyecto de viviendas, destinado a construir hogares para familias en situación de vulnerabilidad.
Estas actividades les permitieron acercarse a las necesidades de las comunidades y comprender mejor la importancia de contar con alimentos, recursos educativos y una vivienda digna y segura.
Durante esa última semana también se reunieron con los miembros de COPADESA, que compartieron con ellas sus experiencias y testimonios. Escuchar sus historias les permitió conocer de primera mano el compromiso de quienes trabajan en la organización y las motivaciones que sostienen su labor.
Fue una semana especialmente intensa, tanto por el trabajo realizado como por las emociones vividas. Conocer más de cerca a los niños, las niñas y sus familias, así como las condiciones en las que viven, les ayudó a mirar la realidad con otros ojos.
Volver con la mochila llena
El 27 de julio llegó el momento de regresar. Después de tres semanas, tocaba despedirse de las personas y comunidades que se habían convertido en una parte importante de su experiencia.
Las cuatro jóvenes volvieron a casa con recuerdos de las clases, los juegos, el reparto de alimentos, la preparación del material escolar y, sobre todo, de las conversaciones y los encuentros compartidos.
También se llevaron nuevas amistades y aprendizajes que difícilmente podían imaginar antes de emprender el viaje.
Su testimonio refleja una de las claves de toda experiencia de voluntariado: no se trata únicamente de dar, sino también de recibir; no solo de ayudar, sino de aprender de las personas con las que se comparte el camino.
Tres semanas, dos comunidades y cientos de experiencias que han dejado huella en Rosa, Rosa, Belén y Teresa. Porque, como ellas mismas han descubierto, a veces basta con salir de la propia realidad y acercarse a la de los demás para transformar nuestra manera de mirar el mundo.





