
La Asunción de María nos ofrece una esperanza segura de nuestra glorificación futura, invitándonos a dejar a un lado el egoísmo para ponernos en camino y servir con solidaridad al hermano necesitado.
La Asunción de María: Nuestra meta y esperanza de gloria eterna
Celebramos la fiesta de la Asunción de María, en cuerpo y alma, a los cielos. Y ella, como nos recuerda el Prefacio de la Misa de hoy, “es figura y primicia de la Iglesia, que un día será glorificada; ella es ejemplo de esperanza segura y consuelo del pueblo peregrino”. Es la fiesta de la esperanza y de la alegría, porque nosotros esperamos que un día seremos llevados también a la gloria para vivir la vida eterna en la casa del Padre con todos los que hemos querido, con toda la Iglesia Celestial. Creemos que Jesús resucitó como primicia, el primero de todos, y que nosotros resucitaremos con Él. Hoy celebramos una fiesta pascual, que nos recuerda que Jesús murió y resucitó venciendo el pecado y la muerte y nos llenó de vida y que un día viviremos esa vida feliz plenamente. Esa es nuestra meta, ese es nuestro destino.
Creemos que Jesús resucitó como primicia, el primero de todos, y que nosotros resucitaremos con Él. Hoy celebramos una fiesta pascual, que nos recuerda que Jesús murió y resucitó venciendo el pecado y la muerte y nos llenó de vida y que un día viviremos esa vida feliz plenamente. Esa es nuestra meta, ese es nuestro destino.
El ejemplo de María solidaria: Salir al encuentro del hermano
Pero, mientras tanto, debemos continuar intentando vivir en al camino que Jesús nos enseñó, luchando entre el bien y el mal que está en nuestro mundo y en nosotros. Al final, triunfará el bien. Y el bien lo identificamos con Dios, el Bien Supremo, que decía San Agustín.
María nos da ejemplo de cómo hacerlo: escuchando y cumpliendo siempre la voluntad de Dios, saliendo al encuentro del hermano necesitado, como ella hizo al ir deprisa a ayudar a su prima Santa Isabel, de edad avanzada y embarazada de Juan el Bautista. Tuvo prisa en ponerse en el camino. María solidaria. María dispuesta a ayudar. Y aunque era “la bendita entre todas las mujeres”, como la saludó Isabel, no le importó dejar todo e ir a ayudar.
María nos enseña que nosotros tenemos que dejar nuestro egoísmo, nuestro pensar solamente en nosotros, y “ponernos en camino” saliendo al encuentro del otro para ayudar y servir.
Un pueblo peregrino en camino hacia la alegría plena
Hoy vislumbramos en María lo que viviremos en plenitud. Ella en cuerpo y alma en los cielos y nosotros aún en esta tierra, pueblo peregrino, pero llegará el día en que viviremos no la esperanza, sino la alegría y la felicidad sin fin que Dios ha preparado para todos nosotros.
Hoy en muchos pueblos de España y del mundo se celebra y proclama a María como patrona y como la Reina de la Gloria, la Reina junto a Dios. Que Ella sea nuestra intercesora y nuestra protectora.
¡Santa María, Nuestra Señora de la Gloria, ruega por nosotros!
Miguel Gómez, OSA
