Evangelio del XV Domingo del T.O., según San Agustín

Este evangelio, con la parábola del sembrador nos cuenta cómo Dios ha enviado a su campo distintas personas para hablarnos de él y de su amor.

Vemos en esta parábola del sembrador cómo Dios ha ido enviando a su campo distintas personas para hablarnos de él y de su amor. No nos toca a nosotros decir quién lo hizo bien o quién lo hizo mal. Todo fue necesario para que llegara a nosotros la Palabra de Dios. Ahora, sí nos toca a nosotros ver que lo que se sembró en nosotros fructifique.

No podemos quedarnos quejándonos por lo que se hizo de bueno o de malo, y mientras tanto, estemos de brazos cruzados sin hacer nada. Dejemos que lo que Dios sembró en nosotros, nosotros lo hagamos crecer. Acojamos con fe lo que Dios ha ido sembrado en el mundo.

La semilla

De aquí recibió Pablo la semilla. Es enviado a la gentilidad y no lo calla al valorar la gracia recibida principal y especialmente para esta función. En sus escritos proclama que fue enviado a predicar el Evangelio allí donde Cristo no había sido anunciado.

Pero, como aquella otra siega ya tuvo lugar y todos los judíos que quedaron eran paja, prestemos atención a la mies que somos nosotros.

La siembra

Sembraron los apóstoles y los profetas. Sembró el Señor mismo – él estuvo, en efecto, en los apóstoles, pues también él cosechó; nada hicieron ellos sin él; él sin ellos es perfecto, y a ellos les dice: Sin mí nada podéis hacer -. 

¿Qué dice Cristo, sembrando ya entre los gentiles? Ved que salió el sembrador a sembrar. Allí se envían segadores a cosechar; aquí sale a sembrar el sembrador no perezoso. En efecto, ¿en qué le afectó a él el que parte de la semilla cayera en el camino, parte en terreno pedregoso, parte entre zarzas?

Si hubiera temido a esos terrenos improductivos, no hubiera llegado hasta la tierra buena. Por lo que toca a nosotros, ¿qué nos importa? ¿Qué nos interesa hablar ya de los judíos, de la paja?

Volvamos los ojos a nosotros mismos; que la semilla no caiga en el camino, en terreno pedregoso, entre zarzas, sino tierra
buena -¡oh Dios!, mi corazón está dispuesto- para dar el treinta, el sesenta, el ciento por uno.

Sea más, sea menos, siempre es trigo. Que el corazón no sea camino donde el enemigo, cual ave, arrebate la semilla pisada por los transeúntes; ni pedregal donde la escasez de la tierra haga germinar pronto lo que luego no pueda soportar el calor del sol; ni zarzas, que son las ambiciones terrenas, las preocupaciones de una vida viciosa. ¿Pues qué hay peor que la preocupación por la vida que impide llegar a la vida?

La recolección

¿Hay algo más miserable que perder la vida por preocuparse de ella? ¿Hay algo más desdichado que, por temor a la muerte, caer en la misma muerte? Extírpense las zarzas, prepárese el campo, acojan la semilla, llegue la hora de la recolección, suspírese por llegar al granero, desaparezca el temor al fuego.

Quienquiera que sea yo, el obrero que el Señor puso en su campo, a mí me corresponde deciros estas cosas: sembrar, plantar, regar, cavar alrededor de algunos árboles y echarles algún cesto de abono. Me toca a mí hacerlo con fe y a vosotros acogerlo con la misma fe; al Señor toca ayudarme a mí a trabajar, a vosotros a creer y a todos a esforzarnos, pero venciendo en él al mundo.


Sermón 101, 3-4

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