Evangelio del II Domingo de Navidad, según San Agustín

Seguimos reflexionando en este segundo domingo de Navidad, sobre el Verbo hecho carne para nuestra salvación.

Seguimos reflexionando en este tiempo de Navidad sobre el Verbo hecho carne para nuestra salvación. El que existía desde siempre, se hace palabra humana, se hace cercano tangible para que podamos escuchar su voz, para que podamos tener vida en nosotros. Por eso, los que oyeron su palabra nos la transmiten para que también nosotros podamos tener vida en nosotros.

La Palabra se hizo carne

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído y hemos visto con nuestros ojos, y lo que nuestras manos tocaron de la palabra de vida. Si no fuera porque la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, ¿quién hay que toque con sus manos a la Palabra? Esa Palabra, que se hizo carne para que la tocasen con las manos, comenzó a ser carne en el seno de la Virgen María; pero no empezó entonces a ser Palabra, pues San Juan se expresó de esta manera: Que existía desde el principio. Ved que su carta testifica en favor de su evangelio, en el que oísteis ya: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios.

Quizá alguien entienda «Palabra de vida» como una manera entre otras de designar a Cristo, no como el mismo cuerpo de Cristo que fue tocado con las manos. Ved cómo sigue: Y la misma Vida se ha manifestado. Cristo es, pues, la Palabra de vida. Y ¿cómo se ha manifestado? Pues existía desde el principio, pero no se había manifestado a los hombres; sí, en cambio, a los ángeles que la veían y se alimentaban de ella como de su pan. Pero ¿qué afirma la Escritura? El hombre comió pan de los ángeles.

Vida

Por tanto, la misma Vida se ha manifestado en la carne, puesto que apareció ostensible a fin de que una realidad que sólo se puede ver con el corazón se vea también con los ojos, con el objetivo de sanar los corazones. En efecto, a la Palabra se la percibe sólo con el corazón, mientras que a la carne se la ve también con los ojos del cuerpo. Teníamos ojos para ver la carne, pero no para ver la Palabra. Por eso la Palabra se hizo carne que nos fuera posible ver, para que sanase en nosotros lo que nos capacita para ver la Palabra.

Os anunciamos lo que hemos visto y oído. Preste atención vuestra Caridad: Os anunciamos lo que hemos visto y oído. Ellos vieron al Señor en persona presente en la carne y oyeron las palabras salidas de su boca y nos las anunciaron. También nosotros, pues, hemos oído, pero no hemos visto. Según esto, ¿somos menos afortunados que quienes vieron y oyeron? Entonces, ¿cómo añade: Para que también vosotros estéis en comunión con nosotros? 

Comunión

Ellos vieron, nosotros no y, sin embargo, estamos en comunión con ellos, porque tenemos en común con ellos la fe. Uno de ellos, en efecto, a pesar de estar viéndole, no creyó y quiso tocarle para así creer. Éstas fueron sus palabras: No creeré a no ser que introduzca mis dedos en las llagas que dejaron los clavos y toque sus cicatrices. Y quien se ofrece siempre a la mirada de los ángeles para que lo vean, se ofreció inmediatamente a las manos de los hombres para que le palpasen.

Y aquel discípulo le palpó y exclamó: Señor mío y Dios mío. Tras tocarle en cuanto hombre, le confesó como Dios. Y el Señor, para consolarnos a nosotros que ya no tenemos la posibilidad de tocarle con las manos una vez que está sentado en el cielo, pero sí de tocarle con la fe, le dice: Porque has visto has creído; bienaventurados los que no ven y creen. Somos nosotros los descritos, nosotros los indicados. Hágase, pues, realidad en nosotros la bienaventuranza que el Señor predijo había de llegar. Mantengamos con firmeza lo que aún no vemos, puesto que lo anuncian los que lo vieron.

Homilías sobre la primera carta de san Juan 1, 1.3

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