Evangelio del XXXIII Domingo del T.O., según San Agustín

El evangelio se refiere a las realidades últimas, que muchas veces el mundo de hoy no quiere pensar: lo que pasará después de nuestra muerte.

Hoy el evangelio nos afronta las realidades últimas, que muchas veces el mundo no quiere pensar: lo que sucederá después de nuestra muerte. Pero no tenemos que tener miedo, Jesús nos invita a la esperanza, y San Agustín nos anima a que unamos a la esperanza, la fe y la caridad. Estas tres virtudes son el centro de la vida cristiana. Trabajemos, pues, siempre en este mundo sin olvidarnos que el pleno, cumpliendo de las promesas de Dios, lo tendremos en el cielo.

La esperanza

Mientras nos hallamos en este mundo, no nos perjudicará caminar aquí abajo si procuramos tener el corazón en alto. Caminamos abajo mientras caminamos en esta carne. Al fijar nuestra esperanza en lo alto, hemos como clavado el ancla en lugar sólido, para resistir cualquier clase de olas de este mundo; no por nosotros mismos, sino por Aquél en quien está clavada nuestra ancla, nuestra esperanza, puesto que quien nos dio la esperanza no nos engañará y a cambio de la esperanza nos dará la realidad.

El amor

Así, pues, tres cosas son las que principalmente nos encarece el Apóstol que construyamos en el hombre interior: la fe, la esperanza y el amor; y, tras haber encomiado las tres virtudes, dice para concluir: La mayor de todas es el amor. Perseguid el amor. ¿Qué es, pues, la fe? ¿Qué la esperanza? ¿Qué el amor? ¿Y por qué es mayor el amor? Según la define cierto texto de las Escrituras, la fe es el fundamento de lo que se espera, la garantía de lo que no se ve.

Quien espera algo aún no posee lo que espera, pero mediante la fe se hace semejante a quien lo posee. La fe es -dice- el fundamento de lo que se espera; aún no es la realidad misma que poseeremos, pero la fe está en lugar de ella. No se puede decir que no tiene nada quien tiene la fe o que está vacío quien se encuentra lleno de fe. Por eso es grande la recompensa de la fe: porque, aunque no ve, cree. Pues si viera, ¿qué recompensa sería?

Por esa razón, cuando el Señor resucitó de entre los muertos y se manifestó a sus discípulos, no solo hasta ser visto, sino hasta ser tocado con las manos, y convenció a los sentidos humanos de que él, el que poco antes colgaba del madero, era quien había resucitado, tras vivir con ellos durante algunos días, los que le parecieron suficientes para afianzar el Evangelio y asegurar la fe en la resurrección, subió a los cielos para que no le vieran, sino que le poseyeran por la fe. Si permaneciese siempre aquí, visible a estos ojos, la fe no merecería elogio alguno.

Ahora, en cambio, se dice a un hombre: «Cree». Pero él quiere ver. Se le replica: «Cree de momento, para poder ver alguna vez. La fe es el mérito; la visión, el premio».

Fe

La fe no desfallece, porque la sostiene la esperanza. Elimina la esperanza, y desfallece la fe. Si, por el contrario, a la fe y a la esperanza les quitas el amor, ¿de qué aprovecha creer, de qué sirve esperar, si no hay amor? Mejor dicho, tampoco puede esperar lo que no ama. El amor enciende la esperanza, y la esperanza brilla gracias al amor.

Pero ¿qué fe habrá que elogiar cuando lleguemos a la posesión de aquellas cosas que hemos esperado creyendo en ellas sin haberlas visto? Porque la fe es la garantía de lo que no se ve.

Cuando veamos, ya no se hablará de fe, pues verás, no creerás. Lo mismo sucederá con la esperanza. Cuando se haga presente la realidad, ya no la esperarás. Pues lo que uno ve, ¿cómo lo espera? ¡Ved que cuando hayamos llegado, dejará de existir la fe y la esperanza! Y ¿qué pasará con el amor? La fe aboca a la visión; la esperanza, a la realidad. Allí existirá ya la visión y la realidad, no la fe y la esperanza. Y el amor, ¿qué? ¿Acaso puede desaparecer también él?

Si ya se inflamaba ante lo que no se veía, cuando lo vea, sin duda, se inflamará más. Con razón, pues, se dijo: Pero el amor es la mayor de todas, porque a la fe le sucede la visión; a la esperanza, la realidad; pero al amor nada le sigue: el amor crece, el amor aumenta, y alcanza su perfección mediante la contemplación.

Sermón 359/A, 1.3-4

También te puede interesar

Evangelio del I Domingo de Cuaresma, según San Agustín

San Agustín explica cómo Jesús sufrió la tentación por parte del maligno. Al hacerse uno de nosotros, igual que nosotros, también pasó por el...

Parroquias y templos agustinos se preparan para la Semana Santa

La Cuaresma es una invitación a vivir una renovación personal y comunitaria que nos conduce hacia la Pascua. Es una propuesta para alcanzar la conversión del corazón, una llamada a...

Comienza la Cuaresma con la celebración del Miércoles de Ceniza

Con la celebración del Miércoles de Ceniza comienza la Cuaresma, un tiempo de conversión y preparación espiritual para la Pascua. Esta jornada marca el...

Religiosos agustinos de Madrid participan en «Convivium»

Los pasados días 9 y 10 de febrero, la Archidiócesis de Madrid celebró "Convivium", la Asamblea Presbiteral convocada por el Cardenal José Cobo. En...