Evangelio del XXIII Domingo del T.O., según San Agustín

Para poder entender bien lo que dice el evangelio de hoy, San Agustín explica qué quiere decir Jesús respecto a «posponer al padre o a la madre». No es que no se les ame, el evangelio se refiere más bien a que eliminemos todo afecto carnal y que mostremos todo el amor a los demás a través del amor de Dios, así ese amor es puro y bueno, como el amor del mismo Dios.

Amor particular

Estos lazos que te unen en la familia carnal deben darte derecho a hablarle con mayor confianza y a tener las puertas abiertas para procurar que dé muerte dentro de sí a ese amor particular, no sea que estime más el haberte llevado en sus entrañas que el haber sido engendrado contigo en las entrañas de la Iglesia.

Y lo que te digo de tu madre hemos de aplicarlo a los demás parientes: en la propia alma todos hemos de pensar en repudiar el afecto particular, que sin duda es temporal, y amar en ella aquella sociedad y comunión de la que está escrito: Tenían un alma y un corazón dirigido hacia Dios. De esa manera tu alma no es tuya propia, sino de todos tus hermanos; y las almas de ellos son tuyas; o mejor dicho, las almas de ellos y la tuya no son almas sino la única alma de Cristo.

No se enojen los padres porque Dios nos manda odiarlos, cuando nos manda eso mismo respecto de nuestra alma. Y como respecto del alma se nos manda que la odiemos por Cristo juntamente con los padres, así también lo que en otro pasaje se nos dice acerca del alma puede aplicarse de igual modo a los padres: El que ame su alma, la perderá, dice. Y yo diré sin dudarlo: «Quien ame a sus padres, los perderá». Respecto al alma dijo allí «odiará», como aquí «perderá».

La vida eterna

Este mandamiento, en el que se nos ordena perder nuestra alma no significa que hayamos de matarnos, lo que, sería un crimen inexpiable. Significa que hemos de matar en nosotros el afecto carnal del alma, por el que la vida presente nos deleita con deterioro de la futura. Lo mismo da decir perder el alma que odiarla, y ambas cosas se hacen con el amor ya que el fruto de la conquista de esa alma se presenta claramente cuando en el mismo mandamiento nos dice: Quien perdiere el alma en este mundo, la encontrará en la vida eterna. 

Eso mismo podemos decir con razón acerca de los padres: que el que los ama los perderá; pero no matándolos, al modo de los parricidas, sino hiriendo y matando, animados por la piedad y la fe, con la espada espiritual de la palabra de Dios, ese afecto carnal con que se empeñan en amarrar a los obstáculos los de este mundo a ellos mismos y a los hijos que engendraron; pero dando vida al mismo tiempo a ese afecto por el que son hermanos, por el que en compañía de sus hijos temporales reconocen a Dios y a la Iglesia por padres eternos.

Carta 243, 4-5

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