Formación Permanente

La renovación de la vida religiosa es uno de los temas planteados desde el Concilio Vaticano II. Hace ya más de 50 años (28-X-65), el Decreto Perfectae Caritatis señalaba los principios generales a seguir para la adecuada renovación de la vida religiosa (PC 2):

  • Seguimiento de Cristo según el Evangelio.
  • Carisma y patrimonio propio de cada instituto.
  • Comunión y participación en la vida de la Iglesia.
  • Situación y necesidades del mundo de hoy.
  • Prioridad de la renovación espiritual.

Desde entonces, la Orden de San Agustín ha realizado un largo proceso de renovación, iniciado con el Capítulo extraordinario de Villanova (1968) y la redacción de las nuevas Constituciones. Dentro de este proceso, se estudiaron y elaboraron importantes Documentos sobre la renovación y actualización de la vida religiosa agustiniana (“Documento de Dublín”, 1974; “La comunidad agustiniana entre el ideal y la realidad”, 1992; “Agustinos nuevos para el Tercer milenio”, 1995; “Agustinos en la Iglesia para el mundo de hoy”, 1998). También se realizaron diversos programas y propuestas de reflexión y renovación a distintos niveles, como el “Proyecto Hipona-Corazón Nuevo” (América Latina, 1993-2007) o la celebración del “Jubileo Agustiniano 2004-2006”.

ctole

En la Ratio Institutionis Ordinis Sancti Augustini de 1993 (Plan de Formación para los miembros de la Orden) se espicificaba con claridad la necesidad de crear unos planes para la Formación Permanente de los religiosos. Los fines que señala son:

119. La formación permanente recibe su sentido fundamental de la necesidad de cultivar y revitalizar continuamente la gracia de la propia vocación. Como nos recuerda Agustín: “Donde dijiste: ‘basta’, allí comenzó tu perdición”. Esta es la razón por la que tenemos que avivar continuamente nuestra vida espiritual, encontrar cada día un renovado sentido a la vida común y a la fraternidad, y remozar incansablemente nuestra misión de anunciar el Evangelio. La formación permanente es esencial para que la formación inicial no se estanque o se convierta en un medio inútil de seguir a Cristo y de ser fieles al Espíritu de la Orden agustiniana.

120. Cada hermano debe ser totalmente consciente de que la renovación y la formación son un desafío para toda la vida. No hay sustituto para esto si la persona ha de permanecer fiel al Espíritu, a pesar de las vicisitudes de los tiempos, los rápidos cambios de nuestro mundo, las nuevas situaciones y la nueva cultura humana y religiosa, así como las nuevas tareas que se pide a sacerdotes y cristianos (PI 67). De todo esto se deduce claramente que la formación permanente debe incluir todos los aspectos importantes tanto de nuestra vida humana como religiosa.

121. La formación permanente nos ha de llevar a vivir el propio trabajo y darle sentido religioso. De este modo hallaremos en él una verdadera dimensión contemplativa y sabremos cómo aprovechar todas las posibilidades que se presenten, llenos de un verdadero deseo de renovación.

El Capítulo General Ordinario de 2007 tuvo como tarea la renovación del texto de las Constituciones en su parte doctrinal-espiritual (Capítulos I-IX). Una tarea importante, sin duda, que supuso un serio trabajo de la Comisión responsable y que contó con la participación de numerosos hermanos y comunidades. Pero debemos ser conscientes de que lo verdaderamente importante es renovar nuestra vida: algo que no se hace simplemente a partir de papeles o documentos, sino que debe llegar a la experiencia y a la vivencia personal y comunitaria. Lo que exige un proceso de cambio y conversión: una auténtica renovación interior, que va unida al cambio de estructuras, exige renovar también la formación y repercute necesariamente en la misión.

El esfuerzo por una auténtica renovación es hoy necesario (nuestra renovación es aún incompleta, por supuesto) y quizás lo sea más que nunca (ante el cambio acelerado de la cultura, la sociedad y la Iglesia misma; sin olvidar el problema de la multiculturalidad y el reto de la inculturación). Y, aunque no es fácil, es todavía posible (tenemos un rico patrimonio humano y espiritual capaz de afrontar el desafío). Conscientes de ello y sin olvidar los logros de los últimos tiempos (preocupación por la identidad y el carisma agustiniano, adecuación de estructuras comunitarias, crecimiento en la fraternidad y en el compromiso por la justicia social, mayor sentido de la internacionalidad de la Orden), debemos seguir caminando y dejarnos interpelar, una vez más, por las palabras de Nuestro Padre San Agustín:

“Somos al mismo tiempo perfectos e imperfectos. Perfectos en nuestra condición de caminantes, imperfectos porque aún no hemos llegado a la meta… Avanzad, hermanos míos, examinaos honestamente una y otra vez. Poneos a prueba. No estéis satisfechos con lo que sois si queréis legar a lo que aún no sois. Porque donde te consideras satisfecho de ti mismo, allí quedarás parado. Si dices «basta», entonces estás acabado. Así pues, añade siempre algo más, avanza sin parar, progresa siempre” (S. 169, 15 y 18).

Arriba