Santa Clara de Montefalco

santaclaraEn 1268 nacía en Montefalco (Perugia – Italia) la pequeña Clara. En el hogar de Damián y Jacoba, sus padres, hacía 17 años que había nacido su primogénita, Juana. Esta fue muchacha religiosa y audaz que albergaba el deseo de retirarse como reclusa con su amiga Andrea para vivir una vida de penitencia y oración. Juana, con estas inquietudes, entraba de lleno en el movimiento penitencial de su tiempo y de su Umbría natal. Tras el nacimiento de Clara, Juana se lanzó a pasos de gigante en la ejecución de su ideal retirándose al pequeño reclusorio que el mismo Damián se encargó de construir.

Clara creció con la mirada puesta en Juana, a quien visitaba a diario en el reclusorio y la cual se encargó de ir llenando del amor a Jesucristo y del conocimiento de la fe católica la despierta inteligencia de su hermanita. Desde sus 3 años se empezó a detectar la inclinación a la oración, e incluso se daban hechos que evidenciaban cómo también Clara estaba destinada a una entrega generosa a su Señor.

A los 6 años Clara argüía mil y una razón para mostrar y demostrar su deseo de ingresar ya en el reclusorio de Juana. Así ocurrió el mismo día en que el reclusorio obtenía el reconocimiento del obispo y la licencia de recibir nuevas candidatas.

Bajo la dirección equilibrada de Juana el pequeño grupo se fue confirmando en su vocación. A los 6 años de estos acontecimientos ingresaba Marina, amiga de Clara, y tras ella un buen grupo de jóvenes de Montefalco se unen al grupo inicial. El pequeño “reclusorio de Damián”, así se le conocía, resultó del todo insuficiente y se toma la resolución de iniciar otro nuevo, a 100 metros de la localidad. Esta decisión y la cercanía al pueblo fueron la chispa que inició una fuerte oposición al mismo por un determinado sector de la población que no veía con buenos ojos otro reclusorio, pendiente de la limosna de la localidad. Damián corría de nuevo con gastos y dirección de la obra, pero en 1280, a penas iniciado, fallece de improviso. La oposición arrecia y Juana entiende que deben pasar a él aunque falte el techo. Las condiciones de vida son muy duras, se pasa hambre y frío. Clara, con sólo 13 años es para Juana su gran apoyo, vela y se desvela por sus hermanas, saca artes en la cocina con sólo hiervas y agua, por las noches sabe acudir con su manto a cubrir a las que entiende pasan más frío y sabe secundar el carácter alegre de Juana y hacer de este tiempo una experiencia que por muchos años quedará en la memoria de sus hermanas por lo felices que se sintieron a pesar de carecer de todo.

Clara crece no sólo en el físico, su espíritu corre dócil a la diestra acción del Espíritu que la introduce en los caminos de oración por la vía de los fenómenos extraordinarios. Enseñada por Juana ha hecho de la meditación de la cruz su centro. Su pensamiento adiestrado en esta contemplación sabe mantenerse todo el día en una meditación continua de los distintos momentos de la pasión, ella misma asigna a las distintas horas del día un momento concreto. Pasa por estados muy sensibles en esta oración sin poder disimular un continuo llanto, todo lo que hace o ve le recuerda algún hecho relacionado con Jesucristo y su pasión. El Señor va otorgándole visiones de la misma y luces no pequeñas sobre los misterios de la redención.

Clara tiene 20 años cuando un día, conversando con su amiga Marina, cae en la cuenta de que todas estas manifestaciones del Señor no eran dadas a todos, es más, eran una excepción y ella, en buena medida, una predilecta. Esa nueva “sabiduría” le hizo ceder a un movimiento de orgullo, fue un pensamiento, un instante, pero fue suficiente para que todo su panorama interior cambiara completamente. Se inició en este momento lo que se conocerá como la gran prueba. Clara pasará 11 años de gran desasosiego interior, las frecuentes revelaciones cesan casi por completo, nada le da paz de espíritu porque no consigue encontrar, ni aún en los sacerdotes más espirituales, alguien que comprenda la gravedad de su pecado, se siente ingrata a Dios, con insistencia desolada golpea “la puerta” de la oración con el deseo de volver al estado anterior, de recuperar la paz y el amor vivo por Dios. Juana es la única que por momentos sabe controlar un poco esos desesperos.

Diez años llevan en el nuevo reclusorio y 20 son las reclusas que lo habitan. Juana cree que es momento de dar estabilidad a su experiencia. Ruega al obispo de Spoleto poder ser reconocidas como monasterio y que se les conceda una de las cuatro reglas aprobadas. El 10 de junio de 1290 monseñor Gerardo Pigolotti, les concede la Regla de San Agustín y reconoce el monasterio con el título de “Santa Cruz”, dándoles facultad de erigir un oratorio y su propio cementerio. El proyecto de Juana, paso a paso, ha logrado ser una realidad. Juana podía cantar su Consumatum est. De hecho el 22 de noviembre del año siguiente fallece a sus 40 años.

Clara fue elegida por unanimidad para relevarla. Turbada en su interior por la prueba en que se debate y dolorida por la perdida de quien lo era todo en la tierra para ella, se opone todo lo que pudo, pero se ve obligada a cargar con esta responsabilidad. Juana fue quien del pequeño grupo inicial de fervientes amigas hizo un monasterio, Clara será quien de este monasterio en ciernes, con tendencias eremíticas, consiga la solidez de la vivencia del carisma agustiniano. Organiza la vida interna con sus oficios, garantiza una estabilidad económica que, sin sacarles de una vivencia exigente de la pobreza, les evite inquietudes impropias para su vida; pero sobre todo Clara destaca como madre y maestra de sus hermanas de comunidad. El Señor le había regalado el don del conocimiento interior de las conciencias y ella lo emplea siempre a favor de las que con ella comparten el ideal contemplativo y agustiniano. Es exigente en las correcciones pero siempre discreta en las mismas para que sólo la interesada lo conozca. Vela y valora en extremo la unidad de la comunidad y junto a ello la vivencia de la consagración. Sobre todo cuida la orientación de toda la mente y el corazón de sus hermanas hacia Dios. Destaca por el cuidado extremado por la custodia de la virginidad, posiblemente como reacción a una serie de movimientos que se levantaron en su tiempo, y cercanos a su entorno, en que no rara vez se mezclaban la devoción con la lujuria.

Destaca también en ella su caridad con los más pobres, sus continuas limosnas aseguran la vivencia de la pobreza en la comunidad, pues como mayores son sus posibilidades mayores son las limosnas que realiza, e incluso fueron numerosas las ocasiones en que las hermanas dieron por descontado el milagro en sus dádivas, pues llegó a socorrer, en tiempos de hambre, a un número de indigentes superior a todas luces a las existencias del monasterio. Una predilección especial sentía por el cuidado de los leprosos, a los que hacía acudir a las puertas del monasterio para ser lavados y curados personalmente por ella. Se industria para conocer quiénes son los más indigentes de la población y aquellos que precisan de medicinas que no pueden comprar haciendo ella por cubrir todas estas necesidades.

La santidad de Clara empezó a trascender los muros del monasterio. Su influencia crece en las personas que, cada vez en mayor número, acuden a ella en busca de consejo. Su don de ciencia e inteligencia, sobre todo en lo referente a la interpretación de la Sagrada Escritura, atrae abundantes religiosos y personajes de alto rango a nivel eclesial. De hecho todos los principales protagonistas de la azarosa vida eclesial de su tiempo acuden a las rejas del monasterio, donde sólo pueden escuchar la voz de Clara, porque ella nunca deja que nadie vea su rostro. Se tenían por amigos suyos los cardenales Santiago y Pedro Colonna, el Cardenal Napoleón Orsini, Monseñor Nicolás de Prato y Ubertino de Casale, entre otros muchos.

Cuando Clara tiene 25 años, dentro del tiempo de la prueba, el Señor le concede una visión que será compendio gráfico de su vida: Jesús agotado, con una gran cruz a cuestas, camina fatigosamente. – “¿A dónde vas, Señor?”, – “Busco un lugar para plantar mi cruz, pero no lo encuentro”. Clara, ante él, se arrodilla, abre sus brazos en forma de cruz y con mirada suplicante, sin palabras, expresa con toda su persona su deseo. Jesús no calla y secunda su voluntad: – “Sí, Clara, aquí encuentro el lugar para mi cruz”. Y mientras pronuncia estas palabras introduce en el corazón de Clara la cruz de sus espaldas. Desde ese momento Clara va a sentir, incluso físicamente, un vivo dolor en el corazón que sólo tras su muerte quedará desvelado en plenitud hasta qué punto fue estigmatizada.

A sus 31 años, una nueva visión pondrá fin a su estado de desolación interior. Vio un hombre con un manojo de paja en su mano acercándola al fuego y esta no ardía. Una voz le dijo que untara en aceite la paja y ardería, y así ocurrió. Tras la visión se le dio la inteligencia de la misma. El aceite era la humildad, ella, para arder ante el Señor debía empaparse en esta virtud, entendió que no debía aferrarse a su ruego de restablecer su antigua paz y fervor, que debía abandonarse en las manos de Dios y aceptar su estado desolado. Así lo hizo, con su generosidad característica se ofreció incluso a mayores desolaciones si así lo deseaba su Altísimo Señor. De nuevo en un instante, como la primera vez, el panorama interior de Clara cambió por completo, se le restableció una paz interior aún mayor y junto a ella adquirieron toda su fuerza el gran número de dones con que el Señor la había favorecido a lo largo de estos años, en favor de sus hermanas y de los muchos que a ella se acercaban, sin que ella pudiera aprovechar para sí estos dones. Se entregó con mayor generosidad a su vida de oración y de caridad, y su influencia en los que se acercaban a ella cogió mayor ascendente.

Dios le regaló un manifiesto don de profecía y un gran poder de intercesión con el que llegó incluso a parar contiendas como la de Montefalco y Trevi en 1305, donde estaban ya todos los hombres en formación; o cuando logró que el joven Masecto, de vida disoluta, puesta Clara en oración por él, tomara la resolución de ingresar como franciscano. Numerosas son las conversiones atribuidas a su intercesión y al fuego de su palabra, que todos aseguraban tenía una fuerza especial que hacía cambiar de mal a bien o de bien a mejor.

Su comunidad se iba confirmando y en 1303 inicia la construcción del oratorio monástico que, por falta de posibilidades económicas, aún no se había levantado. En 1305 adquiere también los breviarios de la liturgia romana para poder iniciar en comunidad la oración oficial de la Iglesia. Hasta el momento han estado rezando las horas litúrgicas como si fueran hermanas legas, sirviéndose de un número determinado de Padrenuestros y Avemarías.

La salud de Clara declina de forma manifiesta, pero su vigor espiritual crece de día en día y un último episodio de su vida lo dejará patente. Su tiempo fue a la vez rico y azaroso, con nuevas ordenes y movimientos pauperísticos que no pocas veces derivaban en herejías. Fray Bentivenga de Gubbio, predicador afamado de la Orden franciscana, con gran fama de santidad, había iniciado un movimiento denominado “Del libre espíritu”, a él se iban adhiriendo un buen número de religiosos, personas devotas, beguinas y campesinos, sobre todo de la región Toscana extendiéndose por la Umbría. Él fue a visitar a Clara con el fin de ganarla para su causa, el diálogo fue largo, duró dos días, a Clara le sirvió para darse cuenta del gran peligro que este hombre y su movimiento suponían para la Iglesia. Tras una apariencia de alta mística, sus argumentos y las prácticas concretas que realizaban eran nefastas en extremo, dado que consideraba que, a cierta altura espiritual, la persona unida totalmente a la voluntad de Dios ya no puede pecar, y por lo tanto desaparece todo remordimiento. Para la comprobación de este estado se debía poder realizar los actos más deshonestos sin sentir remordimiento alguno, esta era la prueba de haber alcanzado el espíritu de libertad por él predicado, no a todos si no a los que él consideraba escogidos. Esta doctrina a todas luces errada, la sabía exponer con tales palabras y mezclar con tal cantidad de razones espirituales, que a pesar de estar bastante extendida no había levantado aún sospecha alguna en las autoridades de la Orden franciscana ni en las de la Iglesia. Clara, desde el momento en que captó la gravedad del asunto no quedó quieta hasta conseguir que fray Bentivenga fuese apresado y juzgado para frenar su influjo. En el verano del 1307 fue arrestado por intervención de Ubertino de Casale y bajo el mandato del cardenal Orsini.

La enfermedad confinó a Clara a pasar el último año de su vida en cama. El día de la Asunción, 15 de agosto, de 1308 reúne a sus hermanas en torno a sí, allí pronuncia las palabras que siempre se han considerado como su testamento espiritual: “Hijas y hermanas mías muy queridas, os confío a todas y a mi propia alma a la muerte de nuestro Señor Jesucristo, y os entrego al Señor, lo mismo que las fatigas que he soportado por vosotras. Sed humildes, obedientes, pacientes, unidas en el amor y obrad siempre de modo que Dios sea alabado en vosotras. Que no se pierda la obra que Dios ha realizado en cada una de vosotras”.

Dos días después en presencia de sus hermanas que no supieron captar el momento porque ella permaneció sentada en su lecho, con su color rosáceo en el rostro y los ojos levantados al cielo como solía quedar en los frecuentes éxtasis que, en esta enfermedad tenía aún con mayor frecuencia, voló al cielo. Era el 17 de agosto de 1308.

A partir de este momento empezó otra historia en Clara. Sus hermanas, por el deseo de conservar su cuerpo trataron de embalsamarla. Al extraer sus entrañas, se percataron del volumen desproporcionado de su corazón, como la cabeza de un niño. Lo abrieron, y para asombro de todos, se descubrió el gran milagro: su corazón no tenía división alguna, sino que era como una gran bola cuya pared estaba hecha de varias cavidades, cada una de las cuales contenía una insignia de la pasión: un crucifijo –que aún hoy se conserva incorrupto-, la columna, el flagelo, los clavos, la corona, la esponja… Se comprobaba que Clara fue un milagro viviente, pues también estaba agujereado en una de sus partes –recordemos el éxtasis de Cristo clavándole la cruz–. La noticia corrió como la pólvora y gentes de toda la comarca acudían cada vez en mayor número para poder venerar semejante prodigio.

No faltó quien interpretándolo como una farsa acudiera al obispado para poner fin a semejante situación. Por estar ausente el obispo fue el vicario episcopal, monseñor Berengario de Donadio, quien sin demora fue a castigar a esas monjas que “engañaban al pueblo de Dios con semejante fábula”. A su llegada y tras las primeras palabras de reproche, las hermanas, por toda respuesta, le acercaron la escudilla donde se guardaba el corazón de Clara. El momento fue de una gran intensidad y un gran silencio. Monseñor Berengario, como otro Saulo en el camino de Damasco, quedó totalmente cambiado, de perseguidor se volvió el más ardiente propagador de la causa de Clara de Montefalco; abandonó su puesto eclesial para poder dedicarse más libremente a ella. A sólo un año de la muerte de Clara inició el proceso de canonización consignando nada menos que 486 testigos. A él se debe que Clara sea la santa más documentada de todo el medievo e incluso que, a pesar de lo azaroso del proceso a lo largo de cinco siglos, por lo que él dejó consignado, este pudiera llegar a su termino el 8 de diciembre de 1881 en que, León XIII, la canonizó. ¡Bendito sea Dios en sus ángeles y en sus santos!

Sor Gemma Anglés, OSA

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