San Nicolás de Tolentino

nicolastolentinoNació en la pequeña ciudad italiana de Sant’Angelo in Pontano, ubicada en la Marca Anconitana (Italia). Nos cuentan sus biógrafos que sus piadosos padres veían pasar los años sin que llegase el fruto de su amor, por el que pedían insistentemente al Señor en sus oraciones. Corría el año 1245 cuando finalmente Amada y Compagnone pudieron ver colmadas sus esperanzas con el nacimiento de un niño, al que pusieron el nombre de Nicolás en honra de San Nicolás de Bari, por haber acudido a él como intercesor ante el Señor. Aún más, los años de sufrida espera se vieron compensados después con el nacimiento de, al menos, dos hijos más.

A la educación cristiana recibida en la casa paterna siguieron los estudios en la Colegiata de los Canónigos Regulares, solicitando a continuación el ingreso en el convento agustiniano de su propia ciudad para iniciar el año de noviciado, a cuyo término emitiría los votos el día 4 de marzo de 1261. De los ocho años siguientes sólo sabemos que siguió los estudios de teología que cursaban los candidatos al sacerdocio, que, en efecto, recibió en 1269. Su excelente preparación teológica hizo que durante los seis años siguientes fuese destinado por los superiores, como predicador, a varios conventos de la Orden, sitos en la misma región. Destinado, finalmente, al convento de Tolentino, en él permanecerá los treinta años restantes de su vida. De aquí el sobrenombre con que se le conoce.

Alegría para los tristes, consuelo para los afligidos

Sus biógrafos tradicionalmente subrayaron su espíritu de penitencia, haciéndose lenguas de sus grandes mortificaciones, de sus ayunos y de su abstinencia en la mesa, alimentándose casi exclusivamente de vegetales; a ello añadía las flagelaciones de su cuerpo con disciplinas y cilicios, dormía sobre una yacija de paja, sirviéndole de cobertor su propio manto. Todo ello nos sorprende hoy, sin duda alguna; pero estas mismas prácticas son las que aparecen también en la vida de muchos otros santos contemporáneos suyos, ya que en este tiempo se daba una importancia especial a la ascesis practicada en el claustro, a los sacrificios y penitencias corporales, por los que se medían, comúnmente, los quilates de la santidad.

Y, sin embargo, según los testimonios del proceso de la canonización de fray Nicolás, descubierto modernamente, podemos contemplar en él a un santo muy humano y social, en diálogo vivo con el mundo de sus semejantes. Efectivamente, en el sumario que se hace en el proceso, resumiendo los numerosos testimonios de los testigos, se recoge el siguiente retrato con una lista de elocuentes calificativos: «Nicolás era puro, modesto, sin ambición, afable, comunicativo, tranquilo, enemigo de la envidia y del escándalo, moderado, recto, sabio, prudente, discreto, despreciador de la avaricia, diligente, atento con todos, hombre de sentido común, leal, humilde, cortés y, aunque pálido, de una belleza angelical, que resplandecía más en contraste con lo negro del hábito, que llevaba con decoro. Era tenido como santo y respetado y venerado».

Esta atrayente semblanza se parece bastante a la que trazó fray Jordán de Sajonia, uno de sus primeros biógrafos, cuando escribió: «Era alegría para los tristes, consuelo para los afligidos, paz para los que se hallaban divididos, reposo para los cansados, ayuda para los pobres, remedio singular para los prisioneros y los enfermos. Sentía tanta compasión por los pecadores que rezaba, ayunaba, celebraba misa, lloraba delante de Dios por los muchos que se confesaban con él, para que fueran liberados de las tinieblas de los pecados. «Era -confiesa un testigo- sumamente atrayente para los penitentes, a quienes instruía y daba consejos para evitar los pecados, ofreciéndose a hacer penitencia por ellos. Lo sé porque muchas veces me confesé con él y me lo han contado otras personas que también se confesaban con él». El arte y la literatura se hicieron eco de estas características tan humanas y simpáticas del Santo; son conocidas las pinturas que nos dejaron los artistas de la escuela de Gioto o Girolamo de Giovanni y en literatura la obra que le dedicara Lope de Vega.

Dedicación apostólica

La predicación y la confesión eran sus principales actividades apostólicas. Hay en el proceso de canonización un delicioso testimonio que se refiere al talante humanísimo del Santo, como predicador: un miembro de la nobleza cuenta que las jóvenes preferían ir a escuchar los frecuentes sermones de fray Nicolás más que asistir a los juegos que organizaban los jóvenes para exhibirse ante ellas. “En muchas ocasiones -dice- él y sus compañeros iban a interrumpir al predicador, obligándole a callar para conseguir atraer la atención de las jóvenes. Sin embargo, el buen fraile nunca se enfadaba ni les regañaba; si reconocían que había obrado mal y se acercaban a pedirle disculpas, siempre lo encontraban afable y comprensivo, recibiéndolos con una sonrisa”.

Los frutos de su predicación los recogía, sobre todo, en el confesionario, al que acudían casi todos los habitantes de Tolentino y muchos otros de las ciudades circunvecinas, por lo que debía pasar en él muchas horas. Cuentan los testigos que las penitencias que les imponía eran mínimas; y es que él mismo se encargaba de expiar en su propia persona los pecados de que se habían confesado.

El tiempo que le sobraba de sus obligaciones dentro de la comunidad, de la predicación y la confesión, lo empleaba en la visita a los enfermos y a los pobres. Los testigos del proceso lo recordarán recorriendo las zonas deprimidas de Tolentino, apoyado con frecuencia en un bastón o acompañado por un hermano joven. Huérfanos, mendigos, enfermos… eran destinatarios no sólo de su palabra, sino también de las limosnas que le habían dado con ese fin. Por otra parte, su oración alcanzó para muchos de ellos, con frecuencia, remedio para sus males. La faceta de taumaturgo, tanto en vida como después de muerto, aparece en todas las biografías. Nada menos que 300 milagros, debidamente autenticados, se presentaron para su canonización que tuvo lugar en el año 1446.

Muerte y canonización

Pasada la fiesta san Agustín del año 1305, ya no pudo levantarse a celebrar la misa. Sabía él que la muerte estaba cerca. Aún celebraría en el lecho del dolor, el 8 de septiembre, la fiesta de la Natividad de la Virgen, a la que fray Nicolás invocaba tiernamente como la bendita María. Pidió los sacramentos, que recibió con gran fervor. En la madrugada del día 10 se despidió de la comunidad y pidió perdón a toda la comunidad. Después suplicó al superior le trajeran el lignum crucis; con él en las manos y confortado con la aparición de Jesucristo, acompañado de la Virgen María y San Agustín, expiró ese mismo día 10 de septiembre de 1305.

Fue canonizado en el año 1446. Su culto, sin embargo, había comenzado a finales del siglo XIV, cuando, incluso, existía ya una capilla a él dedicada. Sabemos que el papa Bonifacio IX concedió indulgencias a quienes visitasen la capilla de san Nicolás.

Su mensaje para hoy

Se ha dicho con motivo de su reciente centenario que “San Nicolás, como religioso-sacerdote, ha sido un hombre, dotado de grandes virtudes humanas que lo ha hecho particularmente cercano a la gente. Por eso, tantos devotos acudían y continúan hoy acudiendo a él para obtener su ayuda, para recibir alivio en el dolor, para conseguir luces en las dificultades de la vida” (Mons. Angelo Comastri).

Hoy, ante una difusa exigencia de espiritualidad, manifestada, sobre todo, en el deseo de abrirse a la trascendencia a través de la oración, para encontrar a quien puede calmar inquietudes y vacíos, san Nicolás, con su hablar con Dios y de Dios y con toda la ejemplaridad de vida, se nos revela como un auténtico profeta que nos indica e ilumina el camino; marchar por él equivale ya a encontrar el sosiego aquietador y la felicidad, siempre relativa en esta vida.

Teófilo Viñas, OSA

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