Fray Luis de León

Nacimiento e ingreso en la Orden

Vino al mundo en la noble villa de Belmonte y fueron sus padres don Lope de León y doña Inés de Varela. Fue Luis el primero de seis hermanos. Nombrado don Lope abogado de la Corte, hubo de trasladarse con toda su familia a Madrid, cuando su primogénito no había cumplido todavía los seis años; poco después fijaban su residencia en Valladolid. Y desde la entonces capital de la Nación, al cumplir los catorce años de edad, don Lope lo envió a estudiar Leyes en Salamanca. Pero no más de cuatro meses siguió aquellos estudios, ya que, atraído por la vida ejemplar que se vivía en el Convento de san Agustín, decidió ingresar en él. Un año de noviciado y el 29 de enero de 1544 hacía su profesión religiosa.

Retratos

He aquí algunas pinceladas del magnífico retrato que de él hizo el pintor Pacheco:

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En lo natural, pequeño de cuerpo, de debida proporción; la cabeza grande y bien formada… La frente espaciosa; el rostro más redondo y aguileño, como lo muestra el retrato; trigueño el color, los ojos verdes y vivos. En lo moral, con especial don de silencio; el hombre más callado que se ha conocido, si bien de singular agudeza en sus dichos; con extremo abstinente y templado en la comida y bebida y sueño; de mucho secreto, verdad y fidelidad; puntual en la palabra y promesas… Leíase en la gravedad de su rostro el peso de la nobleza de su alma; resplandecía en medio de esto por excelencia una humildad profunda… Fue limpísimo; muy honesto y recogido, gran religioso y observante de sus leyes… Fue muy espiritual y de mucha oración, y en ella, en tiempo de sus mayores trabajos, favorecido de Dios particularísimamente… Fue la mayor capacidad de ingenio que se ha conocido en su tiempo para todas las ciencias y las artes… Fue gran poeta, latino y castellano, como lo muestran sus versos”…

El retrato de Pacheco se completa con estas palabras del sobrino de fray Luis, fray Basilio Ponce de León, cuya madre, por cierto, era también oriunda de Belmonte, aunque éste naciera en Granada:

Nada en él era pequeño, nada que no fuese grande: la prudencia, la sinceridad, la entereza, junto con una extremada suavidad de costumbres; el talento vasto, rico, intenso, vigoroso, rápido en la concepción, preciso y luminoso en la exposición; en todo lo cual ni en los tiempos presentes ni en los antiguos se le puede comparar nadie”.

En el IV Centenario de su muerte se han repetido y renovado los epítetos y elevados elogios con que se ha ensalzado a este inmortal agustino conquense a lo largo de los últimos cuatro siglos: “divino agustino”, “príncipe de los poetas españoles”, “la figura cumbre del Renacimiento español”, “el más humano de los humanistas del siglo XVI”, “el experto teólogo y biblista”, “gran religioso y amante de sus leyes”, el que tenía “mucho caudal de Dios”… Y, efectivamente, sólo necesitamos abrir cualquiera de sus obras para saber que todo ello es verdad. La Universidad de Salamanca le dedicó un Congreso, en el que intervinieron todos los más prestigiosos especialistas luisianos del momento.

Catedrático

Catedrático, el más famoso de la Universidad de Salamanca, sobre sus clases comenta con acierto A. Bell:

Fray Luis de León dejó en varias generaciones de estudiantes el profundo sello de sus explicaciones, llenas de estímulo, personalidad, vida y lucidez. Tuvo siempre el don de captarse las simpatías de sus oyentes y de mantenerse en íntimo contacto con ellos; como era un brillante dialéctico, lo mismo deleitaba al más exigente auditorio con su certera y bien fundamentada argumentación de estilo escolástico, que hacía ver el palpitante interés y la incomparable poesía de las Sagradas Escrituras, o daba un cálculo científico acerca de la duración de la tierra (Cf. Opera, vol. III, 474-81). Cuando menos se esperaba acudía con una oportuna cita de un poeta o con una frase gráfica en español, o ya con alusiones a la vida contemporánea o con una descripción de las conquistas españolas en el Nuevo Mundo, o bien aludiendo a los toros, a la pesca (Cf. Opera, vol. VI, 351)… Procuró siempre que sus alumnos comprendieran que se interesaba por ellos, como se ve cuando, al exponer la intricada cuestión del libre albedrío, dice: Os veo escribir, no me engaño en ello, y no obstante no os hago escribir, lo hacéis libremente (Opera, vol. VII, 129). Continuó la estimulante tradición de Vitoria y Cano; pero con más literario interés. Su clase estaba siempre atestada de alumnos, y los que escuchaban sus fogosas disertaciones las tenían casi por milagrosas”.

Literato y teólogo

Artífice consumado de la lengua castellana, su prosa tanto como sus versos semejan –se ha dicho– repujados por manos de orfebres cincelados y tienen sonido de medallas acuñadas para reyes y riqueza y majestad sin parigual en nuestras letras. Fue él poeta en la más plena significación de la palabra: creador de belleza, no por ley de artificio, de técnica aprendida, sino por el natural fluir de su armonioso mundo interior. Su prosa es simplemente perfecta, acabada; no parece sino que las palabras han sido colocadas en el lugar preciso, para que tengan aquella musicalidad con que resonaban en su propia alma. El poeta, el pensador, el teólogo, el biblista, el místico, que todo eso es fray Luis, se dieron la mano para crear obras tan acabadas como sus Poesías, la Exposición del Cantar de los Cantares, La perfecta casada, Los Nombres de Cristo y la Exposición del Libro de Job.

Proceso inquisitorial y reincorporación a la Universidad

Precisamente, uno de estos escritos –Exposición del Cantar de los Cantares–, junto con algunas de las opiniones manifestadas en sus clases y, sobre todo, la envidia de algunos de sus émulos en la Universidad de Salamanca le valieron casi cinco años de prisión en las cárceles de la Inquisición en Valladolid. Absuelto de las acusaciones, regresó en olor de multitudes y con renovado prestigio a su cátedra de Salamanca. De allí en adelante hubo de alternar sus clases con comisiones oficiales, entre las que sobresalen: las representaciones para resolver asuntos importantes de la Universidad ante las más altas jerarquías, ejecución de los Breves pontificios a favor de la Reforma de santa Teresa y la publicación de las Obras de la Santa, comisionado por el Consejo Real. Y dentro de la propia Orden fue animador de la reforma de los Agustinos Recoletos.

Acabó sus días en Madrigal de las Altas Torres, a los nueve días de haber sido elegido Prior Provincial de la Provincia de Castilla, el 23 de agosto de 1591. Sus restos reposan hoy en un austero a la vez que artístico monumento en la capilla del conocido edificio antiguo de la Universidad de Salamanca.

Teófilo Viñas, OSA

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