Enrique Flórez

Nacimiento, ingreso en la Orden y formación

Nació en Villadiego (Burgos) el 21-VII-1702. Fue hijo de don Pedro José Flórez de Setién Calderón de la Barca y de doña Josefa de Huidobro y Velasco Puelles.

Tuvo este matrimonio doce hijos, de los que dos murieron niños, tres profesaron en la vida religiosa y otro sirvió en la milicia, adquiriendo el hábito de caballero de una orden militar; las mujeres realizaron buenos matrimonios con ilustres y destacados caballeros. La familia Flórez-Huidobro puede ser modelo de familia castellana del Antiguo Régimen. En su pueblo natal, en Zahara de los Algodonales (Cádiz) y en Barco de Ávila –villas de los duques de Arcos y Alba– donde su padre ejerce el cargo de Corregidor, aprende las primeras letras (Gramática); posteriormente en el convento de Santo Domingo de Piedrahita (Ávila) estudia los principios de lógica (Súmulas), y manifiesta cierta atracción por la vida religiosa que luego canalizará a través de un pariente.

Tomó el hábito en el convento de San Agustín de Salamanca el 5-I-1718, profesando el 6 de ese mismo mes el año siguiente, y trasladándose al colegio agustiniano de Valladolid donde realizaría los estudios de filosofía, regresando posteriormente a Salamanca para cursar la teología, mostrando su gran voluntad y capacidad para el trabajo. Terminó la carrera eclesiástica en 1725 presentándose ese mismo año en el colegio madrileño de Doña María de Aragón (hoy, sede del Senado), a las oposiciones a Lector en Artes y obteniendo el primer puesto que debería desarrollar en el colegio de Madrigal de las Altas Torres (Ávila). Se ordenó sacerdote el 25-VII-1725 y cantó la primera misa pocos días después en el otro gran convento de la Orden, el de San Felipe el Real, sito en la Puerta del Sol y comienzo de la calle Mayor.

Doctorado y enseñanza. Entorno intelectual.

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En otoño fue trasladado a la ciudad de Ávila, en cuya Universidad superó las pruebas y se graduó de Bachiller, Licenciado y Doctor; pocos días después el superior Provincial, P. Francisco Avilés, le ordenó que se trasladase al colegio agustiniano de Alcalá para graduarse de Doctor en aquella Universidad, título que obtuvo el 6-II-1729. El P. Avilés pensó reeditar la obra filosófica del P. Andrés Sierra, catedrático de Salamanca, que había dejado incompleta al morir. Flórez recibió el encargo de redactar el IV vol. que faltaba, y lo hizo en 1726, y cuatro años después le encargará la redacción de un curso de teología que sirviese de manual para los estudiantes del colegio alcalaíno; en 1736 se presentó y obtuvo el grado de Maestro. En atención a la preparación teológica y solidez de conocimientos la Inquisición le nombró revisor y visitador de Librerías conventuales en Agosto de 1740.

Su presencia en Alcalá, y los grados académicos obtenidos en su Universidad estaban orientados al acceso a una cátedra; se presentó todas las veces que vacaron las de teología, mientras residió en la ciudad, siete en total, sin lograrla en ninguna ocasión. Su gran biógrafo el P. Méndez afirma que la Universidad cisneriana le fue siempre contraria con capa de amiga. En momentos de descanso, y cuando la enseñanza de las materias eclesiásticas se lo permiten, comienza a formarse en el campo de la historia, especialmente en la numismática.

En Alcalá transcurrió una buena parte de su vida -de 1725 a 1750-; aprovechando la estrecha situación y el estado de pobreza del colegio se trasladaba los veranos al convento de San Felipe de Madrid. En los cursos complutenses y en los veranos matritenses influyeron decisivamente en la forja de su vocación intelectual las amistades con las que trató. Personas de la talla de D. Alfonso Clemente de Aróstegui, después arzobispo de Granada; D. Francisco Delgado y Venegas, después patriarca de las Indias Occidentales, D. Alfonso Clemente de Aróstegui y Gómez Gutiérrez de Tordoya, los hermanos de las Infantas (Francisco y Antonio); también trató con los dominicos y franciscanos, con nobles intelectuales, como los condes del Águila y del Puerto, y el duque de Medina Sidonia.

Fomentó a lo largo de su vida una fecunda correspondencia con destacadas personalidades y especialistas en las materias de sus investigaciones: con Burriel y Foguet, con Gutiérrez Bravo y Velasco, con Mayans y Sales, con Villacevallos y López de Cárdenas, con el conde del Puerto y el de Lumiares, con Feijoó, Sarmiento, Juan Bautista de Castro, Cabildos e instituciones… Toda una intensa vida intelectual aunque también descendía a lo cotidiano, y que no pocas veces estrechaba los lazos de amistad; el trato fue continuo con aquellos que podía visitar en Madrid: Iriarte y Nasarre, bibliotecarios de la Librería Real, con los benedictinos Ibarreta y Mecolaeta, con los Samaniego y Gallo, con M. de la Roda y Campomanes, con los PP. Rodríguez Mohedano (Pedro y Rafael), con el mercedario B. Palacios y los jerónimos del Escorial, especialmente con los bibliotecarios San José y Mocete, Núñez y Villegas, además de no pocos forasteros que, llegados a la corte, pasaban por el convento.

Estudio de la Historia. La España Sagrada.

A los cuarenta años toma la decisión de dedicarse al estudio sistemático y profundo de la Historia antigua de la Iglesia de España, y da los pasos para demostrar la firmeza de su resolución. En 1743 renuncia a su cargo de Rector del Colegio de Alcalá y comienza su formación, puesto que autodidacta fue. En la España Sagrada confesará el purgatorio por el que pasó y cómo pretende subsanarlo para facilitar el camino de los que vayan tras él. Al principio la obra fue concebida como una cronología interdisciplinar donde apareciesen en forma serial, papas, emperadores, reyes, concilios, santos, herejes, con vistas a facilitar, tanto la ubicación de cada uno como la relación simultánea con los contemporáneos; después pensó en una geografía eclesiástica de España, donde se incluyese la descripción de los espacios de las sedes episcopales, así como las divisiones y límites de cada una de las sillas con su propia evolución, desde los tiempos apostólicos. Consultó el proyecto con su buen amigo don Juan de Iriarte, bibliotecario de Palacio, quien no solamente lo animó, sino que le sugirió ampliar la idea hasta hacer una Historia General de la Iglesia de España, que podía llamarse España Sagrada, comprendiendo el servicio que, desde el estudio y la investigación, se podía hacer a la Iglesia de España.

El conocimiento del mundo antiguo le llevó a ampliar el horizonte de la investigación como base para mejor dominar la época y el lugar que estudiaba; así surge su pasión por la numismática y las ciencias naturales. Una de las intervenciones más decisivas del P. Flórez en el ámbito científico oficial español fue el decidido impulso dado, gracias a su prestigio y a que lo buscaron, para la formación del Real Gabinete de Ciencias Naturales, en palacio, como preámbulo de un gabinete nacional y público, según se puede ver en su correspondencia con el Ministro Grimaldi.

Conocedor de los méritos, Fernando VI tomó bajo su real protección, el 17-XI-1750, la magna obra de la España Sagrada –ya se habían publicado 5 tomos– concediendo al P. Flórez al año siguiente una pensión anual de 600 ducados. Estimulada por el reconocimiento que estaba tomando Flórez y su obra, la Orden agustiniana designó al P. Francisco Méndez como su ayudante y amanuense; a partir del 2-XI-1749 este religioso le acompañará siempre hasta su muerte. Un año después, 1750, los superiores le trasladaron al convento de San Felipe el Real para que pudiese trabajar con mayor comodidad. La beca real y otros favores áulicos despertaron envidias y celos en algunos coetáneos -Mayans alguna vez lo comentará desdeñosamente cuando rompa la amistad con Flórez-, así como las exenciones y privilegios religiosos causaron críticas en el seno de la Provincia de Castilla; también conoció las duras críticas que los ilustrados hacían a los religiosos y eso le hizo mantenerse recogido en sus estudios y ser remiso a aceptar distinciones seculares.

En plena gloria, cuando el rey le honraba y le distinguía, previa consulta del Consejo de Castilla y habiendo vacado la cátedra segunda de Santo Tomás, se le concedió la cátedra en Marzo de 1751, cuando ya no residía en Alcalá por estar ocupado por real orden en el proyecto de la España Sagrada. El 2-IV-1758, consciente de esa limitación y de los males que encerraba para la enseñanza, puesto que el maestro debe estar junto a los discípulos, dando ejemplo de ética profesional, renunció a la cátedra.

El ritmo de trabajo del P. Flórez admira y sorprende; de otra forma resultaría difícil comprender los estudios realizados, la alta especialización a la que llegó en algunas materias, y el número de obras publicadas de temas diferentes, aunque afines, lo que significa amplitud de objetivos, diversificación de campos, potente bagaje científico y cultural… y agotamiento físico.

Espíritu religioso

Otro aspecto fundamental en la vida de Flórez es su condición de religioso; supo compaginar el horario conventual y las actividades comunitarias con su tarea investigadora. En pleno apogeo ilustrado y racionalista, Fr. Enrique Flórez se muestra como un intelectual que está dentro del campo de la investigación científica, y trabajando con sus herramientas, pero también se manifiesta como un religioso de primera, sensible y delicado, para poner su fe por delante demostrando que a Dios se puede llegar por el camino del estudio. Sorprende la visión que tiene de la naturaleza, su orden y armonía, según la enseña al Príncipe de Asturias y al Infante don Gabriel, en el pequeño tratado sobre la Utilidad de la Historia Natural, y en el diseño del Gabinete de Palacio.

Fue de ánimo desprendido y espíritu generoso, salvo para los libros y las piezas de las colecciones que tanto esfuerzo le costaron reunir; tampoco buscó regalos, y se los hicieron. Donó al monasterio de las Huelgas de Burgos una imagen de la Virgen madre con el niño, que tenía en su celda; para el camarín de la Virgen de las Angustias de Granada costeó las vidrieras, y para la capilla de las reliquias del santo, en Arenas de San Pedro, ofreció una valiosa araña de cristal bueno, una gran alfombra y una estera de colores. Su largueza también alcanzó a otras personas, como las colecciones de monedas que regaló al Presidente de la Academia de Inscripciones de París, al Nuncio Apostólico, y al Gabinete de Historia Natural de Barcelona.

No fue ambicioso, ni buscó honores; aceptó los que llegaron como miembro de las Reales Academias de Caballeros de Valladolid, de la del Buen Gusto de Zaragoza, y de la Real de Inscripciones y Bellas Letras de París. Se opuso tajantemente a aceptar la mitra de la diócesis de Segorbe; al principio tampoco la propia Orden de San Agustín fue generosa en el reconocimiento institucional de los méritos de su hijo, aunque enmendó su falta de sensibilidad. A petición del rey de España, en 1750 Benedicto XIV solicitó al Provincial de Castilla que se le concediese las exenciones de Provincial absoluto; en mayo de 1754, y a petición del P. General, en 1756, Clemente XIII le concedió las exenciones de ex-Asistente general de las provincias de España.

Dentro de su actividad normal, el día uno de mayo de 1773, tras haber cumplido con sus prácticas religiosas, y un rato después del desayuno se sintió indispuesto. Al día siguiente se llamó al médico quien diagnosticó un dolor leve de costado (neumonía); el día cuatro pidió la unción de enfermos y, se fue agravando su estado hasta que el día cinco, fecha en que en aquella época se celebraba la conversión de San Agustín, falleció a media noche.

Con profundo pesar de autoridades civiles y religiosas, el día siete se celebró el entierro ante las comunidades agustinianas de Madrid, las Reales Academias de la Lengua, de la Historia, y de San Fernando, y de numerosos amigos, fue sepultado en el panteón de la iglesia del propio convento de San Felipe.

Javier Campos, OSA

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